Generalmente la historia siempre se ha contado desde la perspectiva de las guerras y las conquistas per quizás esta se entienda mejor si se explica a través de la economía. Por ello continuamos con cuarta y última entrega de esta serie de cuatro capítulos sobre la historia del mundo a través de la economía.
Y vamos ya con la última entrega de nuestra gran serie en la que repasamos toda la historia de la economía en la humanidad.
Si os acordáis, lo habíamos dejado en el principio de la Unión Soviética.
Pero antes de seguir con esta historia, volvamos al final de la Primera Guerra Mundial.
La guerra había causado una destrucción masiva de infraestructuras, un gasto militar sin precedentes
y un endeudamiento enorme de las principales potencias europeas.
La economía mundial quedó hecha unos zorros
y muchos países se enfrentaron a procesos de imperifración y desempleo masivo en los años posteriores al conflicto.
Sin embargo, una gran crisis llegó en el 1929 del lugar más insospechado, Estados Unidos.
Allí una burbuja bursátil provocó el crack del 29 que fue seguido de la Gran Depresión.
Una crisis que enseguida se extendió por todo el mundo
y para la que un economista llamado John Maynard Keynes tenía una receta.
Keynes observó que durante la Gran Depresión las economías no se recuperaban por sí mismas
a pesar de la caída de los salarios y los precios.
De hecho, en lugar de mejorar, la situación económica empeoraba y el paro no bajaba.
Contrariamente a la teoría clásica que sostenía que los mercados se equilibran automáticamente,
Keynes argumentó que los mercados pueden quedarse atrapados en un estado de baja demanda y alto desempleo
y que entonces era el Estado el que debía intervenir.
Para Keynes, la demanda de una economía estaba compuesta por el consumo, la inversión y el gasto público
y puesto que en una crisis el consumo y la inversión están en un punto muerto,
es el Estado quien debe intervenir aumentando el gasto público o reduciendo los impuestos
para que de nuevo la demanda aumente y la economía eche a entrar.
Keynes también introdujo el concepto del multiplicador
que describe cómo un cambio en el gasto público puede tener un efecto mayor en el ingreso total de una economía.
Pongamos un ejemplo, imagina que el gobierno invierte un millón de dólares en construir una carretera.
Los trabajadores y empresas que reciben este dinero gastan una parte en la economía local,
por ejemplo, en tiendas y restaurantes.
Supongamos que gastan el 80% de sus ingresos.
Esto significa que 800.000 dólares se gastan de nuevo en la economía.
Este gasto genera más ingresos para otros que también gastan el 80% y así sucesivamente.
En este ejemplo, el millón de dólares gastado por el gobierno generaría una actividad de 5 millones.
Y así es como el gobierno de Estados Unidos comenzó a gastar y gastar con sus políticas del New Deal,
que si bien no salieron del todo bien, sí sirvieron para dar un respiro a la economía estadounidense.
Mientras, el Tratado de Versalles que las potencias occidentales impusieron a Alemania por perder la Primera Guerra Mundial
obligaba a los germanos a pagar grandes reparaciones de guerra a sus antiguos contrincantes
y entre esto y la Gran Depresión, Alemania vivió unos años horribles, con una crisis brutal y una gran hiperinflación.
Esta inestabilidad económica provocó una inestabilidad política que desembocaría en la llegada al poder de Adolf Hitler.
Aunque no fue el único, ya que otros personajes como Benito Mussolini en Italia también consiguieron el poder.
Hitler y su gobierno también dieron con una tecla para reavivar su economía.
Lo que hicieron fue privatizar empresas, anexionarse territorios, robar un montón de patrimonio
y pedir toneladas de dinero prestado para gastárselo en infraestructuras y en preparar a sus fuerzas armadas para la guerra.
De esta manera, Alemania redujo el desempleo y su industria se puso otra vez en marcha.
Eso sí, durante esos años, el gobierno alemán creó una falsa sensación de que todo iba como la seda,
gastándose también parte de ese dinero que le había caído del cielo en programas sociales
y tener engrasada no solo la industria militar, sino también la industria de bienes de consumo.
Finalmente, en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, de la que Estados Unidos y la Unión Soviética salieron reforzados.
Estados Unidos representaba el sistema capitalista y la Unión Soviética lideraba a los países comunistas.
Los dos sistemas estaban condenados a no entenderse y surgió la Guerra Fría,
en la que el fantasma de una guerra nuclear planeó constantemente sobre el mundo.
Pronto y aprovechando la descolonización de Asia y África,
tanto Estados Unidos como la Unión Soviética corrieron a tratar de atraer a su esfera de influencia
a la mayor cantidad de países posible.
Y en aquellos países como China, Vietnam o Corea, donde no estaba la cosa muy clara,
hubo guerras muy sangrientas por el poder.
En Europa los partidos comunistas estaban haciendo fuertes,
así que los gobiernos occidentales ofrecieron a la población una especie de contrato social
en el que los estados desarrollaron servicios públicos de calidad
y comenzaron a distribuir mejor la riqueza creando el llamado Estado del Bienestar.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se había convertido en la indiscutible potencia mundial.
Sus empresas crecieron y la clase media comenzó a ser cada vez más numerosa y con un mayor poder adquisitivo.
El dólar emergió como la moneda de referencia para el comercio internacional
y esto es importante ya que la globalización cada vez hacía que el comercio internacional fuese más importante.
¿Y cómo se convirtió el dólar en la moneda referencial?
Muy sencillo.
Tras la Segunda Guerra Mundial era necesario reconstruir Europa y Japón que estaban devastados por la guerra
y para ello se necesitaba mucho dinero.
Hasta entonces todas las monedas del mundo estaban respaldadas por oro.
Vamos, que podías ir a cualquier banco central y convertir tus billetes y monedas en oro.
El caso es que se necesitaba una mayor flexibilidad que permitiese a los distintos países
poder crear dinero de la nada en momentos de necesidad
y para eso un porrón de países firmaron los Acuerdos de Bretton Woods.
Estos acuerdos establecieron que las monedas de los países participantes estarían vinculadas al dólar estadounidense
y el dólar a su vez estaría respaldado por el oro.
A medida que Europa y Japón se reconstruían el sistema de Bretton Woods
facilitó el crecimiento económico y la estabilidad financiera
sin embargo a finales de los años 60 surgieron problemas.
Estados Unidos comenzó a gastar más dinero del que tenía
debido a los gastos de la guerra de Vietnam y los programas sociales de los que os había hablado antes.
Al mismo tiempo la cantidad de dólares en circulación superó las reservas de oro de Estados Unidos
lo que generó dudas sobre la capacidad del país para mantener la convertibilidad del dólar en oro.
En 1971 el presidente Richard Nixon anunció el fin de la convertibilidad del dólar en oro
una medida que se conoció como el Nixon Shock.
Este evento marcó el final del sistema de Bretton Woods
y el inicio de una era de tipos de cambio flotantes.
En este sistema las monedas ya no estarían vinculadas al dólar y tampoco eran convertibles en oro
por lo que su valor comenzó a fluctuar según las fuerzas de la oferta y la demanda.
Esta nueva flexibilidad permitió a los países ajustar sus políticas monetarias
de acuerdo con sus necesidades internas
pero también introdujo un nuevo nivel de incertidumbre en los mercados financieros internacionales.
Las monedas ya no estaban respaldadas por oro ni por la economía estadounidense.
A partir de ahora lo único que respaldaría las monedas de los países
sería la confianza en su economía y en sus instituciones.
Y dicho esto volvamos a los años.
En Europa la cosa también iba muy bien y para evitar errores del pasado
y volver a caer en nuevas guerras como llevaba ocurriendo desde hacía milenios
varios países decidieron unirse y crear una organización
que se acabó convirtiendo en la Comunidad Económica Europea primero y la Unión Europea después.
Este es el proyecto de unión económica más exitoso de la historia
y es que gracias a los lazos comerciales que surgieron entre todos los países miembros
los países de la Unión Europea han vivido su mayor periodo de paz ininterrumpido de la historia.
Otros países también comenzaron a firmar tratados de libre comercio
surgiendo un montón de entidades supranacionales.
Volviendo al teatro mundial, en los 70
una gran crisis provocada por la subida de los precios del petróleo
por parte de la OPEP, un cártel formado por varios países productores
creó otra crisis mundial.
Por cierto, esto no os lo había dicho
pero la invención del motor de combustión
hizo que el petróleo sustituyese al carbón
como fuente de energía principal para la mayoría de los transportes.
No obstante, por mucha crisis del petróleo que hubiese
el ascenso de Estados Unidos era imparable
y pronto el país recuperó su crecimiento.
Sin embargo, en los 80 una nueva corriente ideológica se abrió camino en algunos países.
Hablamos del neoliberalismo.
¿Y de qué va esto?
Es bastante sencillo.
Algunos economistas y pensadores de la escuela austríaca
como Friedrich Hayek
o economistas de la escuela de Chicago como Milton Friedman
vieron que la economía estaba muy intervenida por el Estado
así que comenzaron a hablar de desregulación
de privatizaciones de empresas públicas
y de la reducción del gasto público.
Vamos, que esta gente venía a decir
que cuanto menos interviniese el gobierno en la economía, mejor.
A partir de la década de 1980
el neoliberalismo se convirtió en la corriente dominante
en la política económica global.
Este nuevo enfoque fue promovido por líderes
como Ronald Reagan en Estados Unidos
o Margaret Thatcher en el Reino Unido.
A quien la cosa no le iba tan bien era la Unión Soviética
y es que la dictadura del proletariado
y la total planificación de la economía
por parte del gobierno soviético
no estaba dando muy buenos resultados.
La falta de competencia provocó que las empresas
que recordemos eran del Estado
no tuviesen grandes incentivos para innovar
y la burocracia estatal que trajo consigo un montón de corrupción
provocó que todo el sistema fuese tremendamente ineficiente.
Este estancamiento acabó por derrumbar a la Unión Soviética
que colapsó en el año 1991.
Estados Unidos se quedaba sola
al mando de la economía mundial
aunque por poco tiempo.
¿Os habéis dado cuenta que casi no se ha hablado de China?
Se puede decir que el gigante asiático
vivió su propia historia económica
con periodos de gran esplendor y periodos de largas crisis.
Sin embargo China perdió un tren
al que llegó casi dos siglos más tarde.
Os hablo como no de la industrialización.
Cuando el partido comunista chino llegó al poder
en el 1949 con Mao Zedong al frente
China estaba devastada por las dos guerras que había vivido
la guerra contra Japón y la guerra civil
entre comunistas y nacionalistas.
Por entonces la economía china
era completamente rural
y Mao, pues bueno, no ayudó a mejorar las cosas.
De hecho Mao implementó una especie de comunismo agrario
que fue un desastre.
Con Mao al frente de China
el país sufrió una gran hambruna
que mató a decenas de millones de personas
siendo esta la mayor hambruna de todos los tiempos.
Sin embargo Mao murió
y tras una transición
un hombre clave llegó al poder en China.
Hablamos de Deng Xiaoping
un tío que fue un verdadero crack
que inició la apertura de China al exterior
e implementó algunas políticas de mercado.
¿Y qué hizo exactamente?
Pues para empezar devolvió el control
de la producción agrícola a las familias
en lugar de las comunas que eran un desastre planificando.
Pero sobre todo creó
las llamadas zonas económicas especiales
en áreas como Shenzhen,
Zhuhai y Xiamen.
En ellas se permitía la inversión extranjera
se ofrecían incentivos fiscales
y se promovía un entorno más orientado al mercado.
Estas zonas se convirtieron
en motores de crecimiento
atrayendo capital extranjero
y fomentando la transferencia de tecnología a China
que por fin se empezó a industrializar.
Y es que los transportes
seguían mejorando y cada vez era más barato
traer mercancía de países lejanos a Occidente.
Y si sumamos eso
a que la mano de obra en China era tremendamente barata
pues el negocio estaba hecho.
Muchas empresas de todo el mundo
dejaron de producir en Japón, Italia o Estados Unidos
para irse a producir a China.
Lo bueno que hizo el gobierno chino
es que toda empresa occidental que quisiese producir en China
lo tenía que hacer de la mano
de una empresa local. Gracias a eso
muchas empresas chinas adquirieron
un conocimiento brutal que poco a poco
fueron aprovechando cada vez más
convirtiendo a China en una potencia económica
que de momento no tiene techo.
Una crisis en 2008
provocada por una burbuja inmobiliaria en Estados Unidos
se extendió por todo el planeta
y volvió a poner a prueba el sistema financiero mundial.
Pero una vez más
la humanidad se sobrepuso a esta nueva crisis
porque para entonces
una nueva revolución estaba sacudiendo la economía.
Hablamos como no de la revolución digital
que cambió la forma en la que se producen
y consumen bienes y servicios.
Dando lugar a una nueva economía y a una nueva
ola de eficiencia que aún no sabemos
dónde nos va a llevar. Empresas tecnológicas
como Apple, Microsoft, Nvidia
o Google se han convertido en actores
dominantes y la economía del conocimiento
empezó a superar a las economías basadas
en la manufactura tradicional.
Internet y la globalización de la información
transformaron no sólo los negocios
sino también la vida cotidiana de las personas
en todo el mundo. Mientras el ser
humano también está lidiando con las consecuencias
de su propio desarrollo. Ya ha comenzado
una transición energética que promete
acabar con las emisiones de gases nocivos
a la atmósfera y promete un futuro
más sostenible. Mientras parece que
la humanidad pronto encontrará techo ya que
otra transición, la demográfica,
está teniendo lugar, tirando por los suelos
las tasas de natalidad y envejeciendo
a la población. De hecho, este es
posiblemente el mayor reto que se van a encontrar
las economías desarrolladas en las
próximas décadas. Pero bueno, a las puertas
tenemos auténticas macrotendencias
que sin duda transformarán el mundo.
Hablamos de revoluciones como la robótica,
la inteligencia artificial, la ingeniería
genética, la realidad virtual
o la realidad aumentada. Los países
lucharán por hacerse con el control de distintos
minerales estratégicos como el litio,
el cobalto o las tierras raras.
Pero rado y veloz, sin encontrar de momento
la receta contra la desigualdad,
el ser humano también avanza en su camino hacia la
inmortalidad aumentando cada vez más
la esperanza de vida. Yo sólo espero
que en este camino tan apasionante hacia el progreso
seamos capaces de no acabar
con nosotros mismos.
Y esto ha sido todo. Enhorabuena si has llegado
hasta aquí y muchas gracias por ver el vídeo.
Nos vemos en próximas entregas.
Un abrazo y hasta la próxima.