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Generalmente la historia siempre se ha contado desde la perspectiva de las guerras y las conquistas per quizás esta se entienda mejor si se explica a través de la economía. Por ello continuamos con la segunda entrega de esta serie de cuatro capítulos sobre la historia del mundo a través de la economía.
Vamos con la segunda parte de nuestra serie sobre la historia de la economía.
En el vídeo anterior lo habíamos dejado en la caída del Imperio Romano,
momento en el que acababa la Edad Antigua y comenzaba la Edad Media.
Por cierto, la inflación tuvo mucho que ver en la caída del Imperio Romano.
Y es que, si bien éste no podía imprimir más dinero, como se hace ahora,
sí llevó a cabo un truco para pagar sus deudas y costear sus guerras que, a la postre, fue fatídico.
Hablamos de la devaluación de la moneda por parte del gobierno romano.
¿Y cómo? Pues reduciendo el contenido de plata en las monedas a las que le añadían metales baratos.
Esta devaluación sistemática llevó a una pérdida de confianza en la moneda romana,
lo que aumentó aún más la inflación, ya que la gente comenzaba a exigir más monedas por los mismos bienes,
aumentando así los precios.
Este es un problema que, como iremos viendo, se repetirá a lo largo de la historia muchas veces.
Y dicho esto, vamos con la Edad Media.
Pero no nos vamos de Europa.
La desintegración del Imperio Romano dio lugar a un montón de reinos en los que los nobles,
que dominaban sus territorios, eran los que partían el bacalao.
El funcionamiento es sencillo de explicar.
Los nobles eran los propietarios de las tierras y éstos ofrecían protección y dejaban a los campesinos
vivir en sus tierras y trabajarlas a cambio de la altad y de luchar para ellos cuando la situación los requiriese.
Bueno, y los vasallos también solían tener que hacer algún pago en especie al señor feudal.
El problema es que la mayoría de esta economía era de subsistencia.
La productividad de los campesinos no era muy alta y lo que producían apenas llegaba para comer ellos mismos.
Vamos, que había poco excedente con el que poder comerciar.
Ah, y para colmo teníamos a la iglesia cobrando el diezmo a los campesinos,
que no era otra cosa que el pago del 10% de los ingresos de los campesinos a la iglesia,
aunque al menos les dejaban pagarlos con productos agrícolas.
Espera, ¿solo un 10%? ¿Quién lo pillara a día de hoy, no?
Bueno, mientras en las ciudades los artesanos y trabajadores se organizaban en gremios
los cuales no querían ni oír hablar de competencia.
Por ejemplo, el gremio de los zapateros controlaba cómo se tenían que hacer los zapatos,
qué materiales utilizar e incluso qué precios poner.
De hecho, era el propio gremio el que se encargaba de la formación de nuevos profesionales cuando éstos hacían falta.
Como os imaginaréis, este sistema no era el mejor sistema económico del mundo.
La productividad era bajísima, si había malas cosechas, había hambrunas,
y todo mientras las constantes guerras y los excesos de la nobleza y la realeza
empeoraban aún más la situación.
Sin embargo, al fondo de este túnel pronto se empezó a ver la luz.
Una vez las invasiones vikingas y sarracenas dejaron de ser un problema para Europa
y gracias a que la iglesia trataba de mediar en los conflictos entre los reinos cristianos,
el viejo continente dejó de ser un sitio tan peligroso para comerciar.
Pero lo realmente importante es que por fin se pusieron las pilas con la agricultura
y se descubrieron nuevas técnicas como la rotación de cultivos o la invención del arado de vertedera.
Gracias a esto de nuevo el campo volvió a producir mucho más
y por fin volvía a haber excedentes con los que comerciar.
Gracias a esto el comercio volvió a renacer y fueron muchos los que se fueron del campo a las ciudades.
Allí los mercados y las ferias medievales se convirtieron en los auténticos motores económicos
en los que un simple campesino, si jugaba bien sus cartas, podía progresar y tener un buen porvenir.
Todo este comercio floreció en dos lugares principales.
Por un lado estaba la línea ansiática, que era una alianza comercial formada en el siglo XIV
por comerciantes alemanes, holandeses, suecos y polacos, entre otros,
los cuales controlaban el mar del norte y el mar báltico.
Y por otro lado tenemos las rutas comerciales italianas controladas por ciudades-estado como Venecia o Génova.
Pronto el comercio se comenzó a volver cada vez más complejo
y algunos comerciantes empezaron a manejar mucho dinero.
De hecho, esta gente ya no tenía mucho que ver con los campesinos, que pasaban todo tipo de penurias.
Esta gente empezaba a ser ya otra clase social.
Y como vivían en las ciudades, es decir, en los burgos, se les comenzó a llamar burgueses.
Pero bueno, ya iremos luego con ellos.
El tema es que el comercio cada vez era más complejo y que la gestión del dinero requería ya de nuevas herramientas.
Así que pronto comenzaron a surgir los primeros bancos regentados por familias poderosas, como por ejemplo los Medici,
y también en esta época se hicieron famosas las familias judías de banqueros.
Y es que su religión no ponía problemas con la usura, como si lo hacía el cristianismo.
Bueno, que me lío.
Estos bancos inventaron sistemas de créditos más complejos para financiar ciertas compras comerciales.
Y ahora es posible que te estés preguntando, ¿y cómo se hacían estas transferencias?
Pues con un nuevo invento, las letras de cambio.
Con ellas se podían realizar transacciones sin necesidad de transportar grandes cantidades de efectivo, reduciendo el riesgo de robo.
Ahora el comerciante de Venecia tenía mucho más fácil el comerciar con uno de Valencia.
Este renacer económico siguió dando importancia a las ciudades y creó una necesidad.
A ver, la tecnología estaba empezando a ser muy compleja.
Se necesitaba profesionalizar el almacenamiento y la transmisión de todo ese conocimiento.
¿Y qué se hizo? ¡Bum!
Crear las primeras universidades, como la de Oxford o la de Bolonia.
Por fin los burgueses tenían donde ir a jugar al mus.
Además, en el 1440, un alemán llamado Johannes Gutenberg inventó la imprenta.
Ahora sí que el conocimiento se iba a poder transmitir a toda leche.
Por cierto, ¿os acordáis cuando os dije que la inflación ha provocado problemas durante toda la historia?
Pues la transmisión de conocimiento es igual, pero al revés.
Siempre que un reino, imperio, civilización o país ha conseguido adquirir mucho conocimiento, le ha ido muy bien.
Y esta no iba a ser la excepción.
Gracias al auge de las universidades, la productividad agraria mejoró, pero esta vez el protagonismo se lo va a llevar el mar.
Nuestros amigos de la Edad Media comenzaron a hacer más y mejores barcos.
Avances como el timón de popa, el casco redondeado, las velas latinas o los barcos de fondo plano
fueron claves no sólo para llegar más lejos y comerciar con civilizaciones muy lejanas,
sino también para poder transportar una mayor cantidad de mercancía y hacer así los viajes más rentables.
Además, a la mejora de los barcos se incorporaron otros avances como la brújula, el astrolabio o el cuadrante,
que se usaba para medir la latitud.
Pues bien, si metemos todo esto en una coctelera, ¿qué nos sale?
Unas potencias marítimas brutales.
Una de ellas fue Portugal, cuyos valientes exploradores, como Bartolomeu Díaz o Vasco da Gama,
exploraron la costa de África, establecieron rutas hacia la India y el Lejano Oriente y comenzaron el comercio de especias.
Estas exploraciones no sólo incrementaron la riqueza y el poder de Portugal,
sino que también transformaron las economías europeas al reducir la dependencia de las rutas terrestres
controladas por intermediarios árabes y otomanos.
Pero amigos, la Edad Media se acababa y llegaba la Edad Moderna con un auténtico bombazo.
De la mano de Cristóbal Colón, los castellanos llegaron, sin saberlo, a América en el año 1492
y allí se encontraron con un nuevo mundo.
Un nuevo mundo que todavía se amplió más cuando otros exploradores descubrieron toda América
y cuando Juan Sebastián el Cano dio la primera vuelta al mundo.
El Imperio Español, el primer imperio global de la historia con presencia en todos los continentes,
acababa de nacer montado en carabelas y galeones.
Las nuevas rutas permitieron el comercio directo de especias, sedas y otras mercancías de lujo de Asia,
así como la explotación de minas de oro y plata en las Américas.
Y aquí es donde comienza una meteórica carrera entre todas las potencias europeas de la época
para hacerse con la mayor cantidad de territorios posibles en América, Asia y África.
El objetivo, explotar los recursos naturales de estos territorios utilizando mano de obra indígena
o utilizando esclavos traídos de África.
Hasta entonces el Mediterráneo era el centro del comercio mundial,
pero a partir de ahora este centro se trasladó al Atlántico.
Los europeos encontraron en América civilizaciones mucho menos avanzadas,
pero encontraron nuevas plantas que cultivar y animales que no conocían.
Pronto el conocimiento también comenzó a fluir hacia América,
especialmente hacia los hijos de los europeos que se habían asentado allí.
Ah bueno, también se intercambiaron una buena cantidad de enfermedades para las que no se tenían defensas,
cosas de llevar miles de años separados.
En esta época las ciudades siguieron ganando importancia.
La vieja nobleza comenzó a perder poder y los reyes se hicieron muy poderosos
y crearon los primeros estados-nación mucho más centralizados.
De hecho fue a partir del siglo XVI cuando la economía de los estados se profesionalizó
y se diseñaron sistemas fiscales y administrativos mucho más eficientes.
Quien también lo hizo bastante bien en esta época fue la burguesía,
que cada vez tenía más peso político y sobre todo económico.
En el siglo XVII ya existían varios imperios coloniales,
como por ejemplo el imperio portugués, el imperio español, el imperio británico,
el imperio francés o el imperio neerlandés.
Como imaginaréis, ahora sí que el mundo se había vuelto súper complejo.
La cosa ya no iba de pequeños comerciantes comerciando cada uno por su cuenta,
ahora la cosa se había puesto más seria.
Les tocaba jugar a los mayores.
Y es que en el siglo XVII surgieron las grandes compañías privadas
que en muchas ocasiones tenían el monopolio comercial con un territorio concreto.
Hablamos de empresas gigantescas con decenas de miles de trabajadores
que tenían incluso su propio ejército
y que a menudo eran las tristes protagonistas de historias de matanzas y esclavismo.
La mayor de estas empresas fue la compañía neerlandesa de las Indias Orientales,
la cual, para financiar sus costosos viajes y operaciones,
decidió vender partes de su propia empresa al público en forma de acciones.
Cada una de estas acciones representaban una pequeña propiedad en la empresa
y sí, estas acciones las podía comprar cualquier habitante de Países Bajos en un lugar determinado.
¿Cuál? La Bolsa de Ámsterdam.
Desde allí los inversores podían comprar y vender sus acciones de manera organizada y transparente,
facilitando la inversión y la obtención de capital para la compañía neerlandesa de las Indias Orientales.
Y no, esto no es ninguna tontería.
La Bolsa de Valores acababa de nacer.
Hay veces en la historia en las que un pequeño avance tecnológico en el lugar adecuado
da lugar a una auténtica revolución.
Pasó con la agricultura, con la escritura, con el dinero, con los grandes barcos, con la imprenta...
Pero todo eso se iba a quedar en nada si lo comparamos con la que se venía encima.
Hablamos de un invento que lo iba a cambiar todo para siempre.
La máquina de vapor patentada por James Watt.
Un invento que surgió en el mejor sitio que podía surgir, en Gran Bretaña.
Un lugar con grandes reservas de carbón
y con una red de ríos y canales que permitían su transporte con una gran facilidad.
La revolución industrial estaba lista para echar a andar.
Pero eso lo veremos en el próximo vídeo.
Hasta entonces, decirte que si te ha gustado el vídeo sabes que puedes darle a like,
suscribirte y nos vemos en próximas aventuras.
Por lo demás, un saludo y hasta la próxima.