En este vídeo hablaremos de la política energética de Estados Unidos, y de cómo su historia energética le ha convertido en la potencia mundial que es hoy día. Hablaremos de la energía en estados unidos, del fracking, del inflation reduction act, de las exportaciones de petróleo, de la energía nuclear, y mucho más. Hablaremos de su historia pero también de su futuro, y de cómo este afecta al futuro de la energía global. ¿Cuál es el rol de EEUU en la energía mundial? Con motivo de las elecciones en Estados Unidos, tenemos una oportunidad excelente para conocer los entresijos de la energía en este país, y sus implicaciones. Para descubrir todo esto y mucho más, Sígueme la Corriente.
Hola protones, hoy tenemos el placer de presentarles una nueva sección del canal, donde vamos
a explicarles la relevancia de la energía en los finos equilibrios del poder mundial.
En este vídeo indagaremos en por qué y cómo Estados Unidos se ha convertido en la gran
potencia indiscutible del último siglo, gracias como no a la energía.
Ante las inminentes elecciones y en plena transición energética, ahora es más importante
que nunca tomar las decisiones correctas.
Su hegemonía está en riesgo real ante una geopolítica tan volátil y cambiante.
Empecemos por lo básico, ¿qué es realmente Estados Unidos en términos cuantitativos?
Estamos hablando de un país de 337 millones de habitantes, el tercero más habitado solo
por detrás de India y China.
Un auténtico gigante, aunque no solo en población.
En cuanto a superficie tiene más de 9,8 millones de kilómetros cuadrados, siendo el cuarto
país más extenso del mundo.
Además, como todos sabemos, ha sido el principal motor económico a escala mundial.
El todopoderoso dólar, como suelen llamarlo, domina los mercados globales, pero es que
el PIB de Estados Unidos es de 28.000 millones de dólares, siendo la primera economía mundial.
Casi nada.
Les doy estas cifras astronómicas porque es muy relevante comprender el contexto demográfico
y económico para entender los entresijos energéticos.
Todo está interrelacionado.
Como la energía mueve el mundo, quien tenga un mejor y más fácil acceso a la energía
tendrá más probabilidades de crecer muy rápidamente.
Pero no me enrollo más, vamos a hablar de lo que nos gusta y conocemos, la energía.
Como hemos visto en otros vídeos, la transición energética abre nuevos caminos y cierra otros.
También genera oportunidades para los diferentes países y actores geopolíticos que van a
luchar por bajar a Estados Unidos del trono mundial, gracias a la aparición de nuevos
recursos energéticos.
Pero no va a ser tan fácil quitarles la corona, ¿y quiere saber por qué?
Un secreto que muchos de ustedes ya conocerán.
Estados Unidos tiene tejida toda una tela araña alrededor del petróleo y del gas por
todo el mundo.
Esta tela araña crea unas dinámicas de interdependencias nacionales que son extremadamente difíciles
de romper.
Imaginemos algo muy loco.
De repente un país como Holanda deja de recibir petroleros diariamente porque los puertos
estadounidenses se cierran o se reduce la cantidad y el precio sube.
Las gasolineras duplican el precio y se inicia un estallido social.
Posible o imposible, es el juego de la geopolítica energética.
Para ponernos en contexto de la relevancia de Estados Unidos como actor energético global
debemos hablar del petróleo y del gas.
Y es que estamos hablando del mayor productor de petróleo del mundo, con un ratio de generación
de 20,3 millones de barriles de petróleo al día.
Supone el 21% del total a nivel mundial, lo que es un indicador del poder geopolítico
a nivel de control y gestión de energía.
Seguro que les suenan nombres como Chevron, ConocoPhillips o Exxon, unas de las grandes
petroleras internacionales.
Bien es cierto que muchas de ellas son también nuevos activos e inversiones en renovables,
lo cual es buen síntoma del cambio.
También hay que tener en cuenta que ese petróleo hay que colocarlo en los mercados internacionales,
moverlo.
En la actualidad, Estados Unidos es el cuarto país con mayor tasa de exportación de petróleo
a nivel mundial.
Solo la superan Arabia Saudí, Canadá y Rusia, pese a las sanciones de la Unión Europea
a esta última por la invasión de Ucrania.
Pero el oro negro no es solo negro y líquido, también es gaseoso.
Si miramos la producción actual de gas natural, el metano, CH4, Estados Unidos es líder indiscutible
a nivel mundial.
Extrae un total de 1,35 billones de metros cúbicos de metano, siendo aproximadamente
un cuarto de toda la producción global de este gas.
Un dominio absoluto e incontestable en ambos casos de recursos energéticos, que han sido
consumidos en masa por la sociedad durante todo el siglo XX.
Además, tras la guerra de Ucrania, se ha convertido en el mayor exportador mundial
de gas natural licuado.
Como hemos señalado, el flujo de importaciones y exportaciones son como una red de araña
que aumenta la dependencia y el control de los países que compran y venden ese petróleo.
En esta telaraña están Países Bajos, China, Reino Unido o España.
Pero Estados Unidos no solo tiene una alta tasa de generación y exportación, sino también
de consumo.
Esta es la clave y la gran diferencia, por ejemplo, con países exportadores de Oriente
Próximo o Rusia.
Hay que alimentar a la primera economía mundial.
Satisfacer la demanda interna requiere muchísima energía, por lo que gran parte de su producción
se deriva a mantener y satisfacer el consumo de su propio mercado.
Como imaginan, es un mercado descomunal.
En la actualidad, su consumo per cápita es el más elevado en todo el mundo.
Cada estadounidense consume de media unos 77.000 kilovatios anuales, el doble que la
Unión Europea y China, y casi cuatro veces más que toda la media mundial.
Si vamos al consumo total de energía primaria, alcanza un total de 27.000 teravatios hora
anuales, muy similar al de la Unión Europea, y 21.000 teravatios hora menos que China,
lo cual no deja de resultar paradójico.
Ahora bien, ¿cuáles son las fuentes de toda esa energía primaria que mueve Estados Unidos
hoy en día?
Un 38% procede del petróleo, otro 33,8% del gas natural, un 8% del carbón y del petróleo
de la nuclear, y solamente un 6% de las renovables.
Con estos datos queda más claro el enorme reto que tiene Estados Unidos para descarbonizar
su sistema productivo.
Incluso si analizamos su mix de generación eléctrica, la eólica solo supone un 10%
y la fotovoltaica y la hidroeléctrica un 5,5%.
Las renovables no alcanzan apenas el 20%.
Con esta radiografía actual, nos toca realizar un ejercicio de retrospectiva para conocer
unas pocas de las claves del florecimiento energético de Estados Unidos.
Como vamos a comprobar, la evolución de este país es paralela a la de los combustibles
fósiles, con unas raíces tan profundas y gruesas que son muy difíciles de cortar.
Allá por el siglo XVIII, la mayor parte de la energía en los Estados Unidos coloniales
provenía de fuentes renovables.
Se utilizaban animales domésticos, como caballos o bueyes, para el transporte, y ruedas hidráulicas,
junto con la combustión de madera para cocinar y calentarse.
Hasta ahí, la misma tónica que en otros países occidentales preindustriales.
Poco a poco, los avances tecnológicos impulsaron a la joven nación hacia el uso del carbón
y más adelante, del petróleo.
En los albores de la Revolución Industrial, las máquinas impulsadas por vapor, utilizadas
en la industria y el transporte por ferrocarril, reemplazaron a la madera como la forma dominante
de energía en los Estados Unidos.
También en 1871 se presentó la primera dinamo industrial, movida por una máquina de vapor.
Esto supuso disponer de electricidad abundante en corriente continua, sustituyendo a las
pilas utilizadas hasta entonces como fuente de electricidad, inventadas por Volta en 1800.
En consecuencia, la demanda de carbón se disparó.
El 4 de septiembre de 1882, Thomas Alva Edison pone en marcha la central eléctrica y la
red de distribución de electricidad en corriente continua construidas en Pearl Street, Nueva York.
La creación de redes eléctricas permitió la expansión de la industria, el alumbrado
público y la electrificación rural, mediante la Ley de Electrificación Rural de 1936,
llevando la electricidad a regiones remotas.
Pero espera, no tan rápido.
A finales del siglo XIX e inicios del XX los sucesos se fueron sucediendo paralelamente.
Fue una época de efervescencia.
El 27 de agosto de 1859, a dos años del inicio de la Guerra Civil, tuvo lugar una efeméride
que cambiaría el paradigma de la energía, no solo del país norteamericano, de todo
el mundo y del clima, aunque no lo supieran.
George Bissell y Edwin Drake utilizaron por primera vez con éxito un equipo de perforación
en un pozo especialmente para producir petróleo, en un lugar de Oil Creek en Pensilvania, al
oeste de los Apaches.
Benjamin Silliman, profesor de química en Yale, analizó una muestra del petróleo y
les aseguró que podía destilarse para obtener productos útiles como queroseno para las
lámparas.
Como imaginan, esto fue todo un boom.
Los historiadores han señalado que la importancia del pozo de Drake no radicaba en ser el primero
en producir petróleo, sino en atraer la primera gran oleada de inversiones en perforación,
refinado y comercialización del petróleo.
A mediados del siglo XX, la demanda de petróleo y de gas superó a la de carbón, poniendo
fin a su dominio en el siglo anterior.
Estados Unidos vivió toda una fiebre del oro negro.
El descubrimiento de vastos yacimientos de petróleo en Texas, Oklahoma y California
consolidó a Estados Unidos como un líder mundial en la producción de petróleo.
Empresas como Standard Oil de John D. Rockefeller dominaron la industria, lo que impulsó el
desarrollo de la infraestructura del país, incluyendo carreteras, automóviles y transporte
marítimo.
Es interesante recalcar cómo a la gran industria petrolera no le afectaron las sucesivas guerras
mundiales.
De hecho, le favoreció al no minar su producción y aumentar una demanda tanto para el transporte
de tropas y abastecimiento a Europa como para incrementar la industria armamentística.
Estados Unidos dominaba el mundo a su antojo, con energía barata.
Pero como era de esperar, con el avance tecnológico debido a la inversión masiva en métodos
de perforación, extracción y refinado, todos los países se pusieron a pinchar sus subsuelos
a mediados del siglo XX para saber si disponían de combustibles fósiles.
Y aquí comenzaron las tensiones internacionales, muchas de las cuales se mantienen hasta el
día de hoy.
Esta es otra de las claves.
De la fiebre del oro negro se pasó a las guerras del oro negro.
La tensión genera fricción y la fricción genera guerras.
Pero antes de seguir con el petróleo, quiero hacer un breve inciso.
La guerra fría y la energía nuclear fueron fundamentales para entender el sistema político
regido tras la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos invirtió ambiciosamente en el desarrollo de la energía nuclear, inicialmente
para defensa y luego para generación de electricidad.
La primera planta nuclear comercial en el país, Shipping Port, comenzó a operar en
1957.
La energía nuclear prometía una fuente de energía limpia y abundante, pero accidentes
como el de Three Mile Island, en 1979, generaron una fuerte oposición pública y estancaron
la expansión de la energía nuclear en las décadas siguientes.
A día de hoy, la energía nuclear genera aproximadamente el 9% de toda la electricidad
del país gracias a la presencia de 92 reactores, que suponen 94,7 gigavatios de potencia.
Pero retornemos al oro negro.
La guerra del Yom Kippur entre Israel, Siria y Egipto desencadenó la crisis del petróleo
de 1973, la primera gran crisis energética mundial.
El petróleo había sido hasta entonces relativamente barato, abundante y accesible para los países
occidentales, cuyas compañías lo obtenían a precios ventajosos en los países productores,
principalmente en Oriente Medio.
De ahí la continua presencia de Estados Unidos en esta zona, algo que persiste a día de
hoy.
En esta guerra, Estados Unidos apoyó con un armamento bélico a Israel contra Egipto
y Siria.
Por este motivo, los países árabes exportadores de petróleo de la OPEP, liderados por Arabia
Saudita, decidieron imponer un embargo petrolero sobre Washington y sus aliados, que disparó
los precios del crudo y estremeció a las economías estadounidense y mundial.
Estados Unidos aprendió la lección y redujo sus exportaciones, además de crear la Reserva
Estratégica de Petróleo para no volver a caer en la misma trampa.
Podría seguir extendiéndome muchísimo más sobre los diferentes Energy Policy Acts que
se aprobaron desde entonces para incentivar la demanda con bajadas fiscales, pero no puedo
dejar de hablar de un método de perforación revolucionario que seguro que también les
suena.
Sí, el fracking, la perforación hidráulica para la extracción de hidrocarburos.
Supuso la segunda gran revolución del petróleo en Estados Unidos.
Fue un auténtico renacimiento, sobre todo si tenemos en cuenta que las reservas tradicionales
comenzaron a decrecer a finales del siglo XX.
Actualmente se considera a George P. Mitchell como el padre de la moderna industria del
fracking, al conseguir su viabilidad económica en el yacimiento conocido como Barnett Shale,
reduciendo sus costes.
Su empresa Mitchell Energy consiguió la primera fracturación hidráulica comercial en 1998.
En Estados Unidos se estima que la generalización de este método aumentó las reservas probadas
de gas cerca de un 47% en cuatro años y un 11% en la estimación de existencias de petróleo.
El avance de esta técnica ha permitido al país aumentar un 35% la producción de gas
natural desde 2005 y eliminar la necesidad de importaciones.
En cuanto al petróleo, la producción se ha incrementado en un 45% desde 2010.
Pero quieto, el fracking es una técnica extremadamente invasiva y agresiva con el medio ambiente.
Tiene un coste elevadísimo, tanto de inversión como coste ecológico.
Las preguntas son evidentes.
¿Hasta cuándo durarán las reservas del fracking?
¿Se prohibirá, como ya se ha hecho en otros países, entre ellos España?
¿Se puede seguir extrayendo petróleo con fracking y a la vez dar el giro hacia una
economía sostenible?
Sí, sí, lo sé.
He pasado muy rápido por años, tecnologías e historias que requieren horas y más horas
de análisis.
Si quieres, déjame en los comentarios qué asunto te interesa más que analicemos en
profundidad y lo explicaremos en uno de los próximos vídeos.
Ahora bien, hecha la retrospectiva, nos falta la prospectiva.
Es decir, mirar al futuro y cómo se va a escribir la historia energética que nuestros
hijos estudiarán y nosotros viviremos.
Aquí las noticias no son tan buenas para Estados Unidos.
Pero primero, empecemos por sus objetivos para conseguir cumplir el Acuerdo de París,
siempre y cuando no vuelvan a salirse de nuevo del acuerdo.
Estados Unidos se ha comprometido a alcanzar un objetivo de reducir las emisiones netas
de gases de efecto invernadero entre un 50 y un 52% por debajo de los niveles de 2005.
Todo esto para 2030.
¿Cómo lo quieren conseguir?
Por ejemplo, acelerando rápidamente el despliegue de nuevas tecnologías, como los vehículos
eléctricos o las bombas de calor, y construyendo la infraestructura de sistemas clave como
la Red Eléctrica Nacional.
Este es el objetivo con el que prevén alcanzar un 100% de reducción de gases de efecto invernadero
en 2050.
Parece bastante ambicioso, ¿verdad?
Sí, mucho.
Y además, estas apuestas no son solo deseos loables y palabras presuntuosas por un futuro
verde.
Detrás hay dinero, ingentes cantidades de dólares y desgrabaciones e incentivos fiscales.
En agosto de 2022, los norteamericanos presentaron el IRA, el Inflation Reduction Act, para hacer
frente al Green New Deal europeo y al todoterreno de la economía planificada de China en materia
de transición energética.
¿Qué es el IRA?
En esencia supone uno de los mayores apoyos fiscales y presupuestarios de la historia
en Estados Unidos a la transición energética, incluso a la transición energética mundial.
Un nuevo New Deal para reestructurar el sistema energético y no perder peso geopolítico
en toda la cadena de valor empresarial.
Solo un dato para destacar su relevancia, tiene un presupuesto previsto para la movilización
de 369.000 millones de dólares entre 2023 y 2031.
El IRA se basa en tres medidas fundamentales, aunque hay más.
Un sistema de créditos fiscales para tecnologías neutras y tecnologías basadas en la reducción
de emisiones, los PTC, Production Tax Credit, y los ITC, Investment Tax Credit, de electricidad
limpia.
Además, el IRA los estructura para incentivar la inversión en comunidades desfavorecidas
y garantizar que los nuevos empleos estén bien remunerados.
27.000 millones de dólares para el Fondo de Reducción de Gases de Efecto Invernadero.
La Agencia de Protección Ambiental los otorgará en subvenciones competitivas para movilizar
la financiación para proyectos de energías renovables y descarbonización de los sistemas
energéticos del país.
40.000 millones de dólares en préstamos garantizados para proyectos innovadores de
energía limpia, gestionados por la Oficina de Programas de Préstamos del Departamento
de Energía.
¿Para quién?
Para fomentar tecnologías innovadoras de energía limpia, incluyendo sistemas de energía
renovable, captura de carbono, energía nuclear y procesamiento, fabricación y reciclaje
de minerales críticos.
Las cifras de apoyo financiero estatal son desorbitadas.
Además, como se aprobó en 2022, podemos saber los resultados de los dos primeros años
de su aplicación y conocer si realmente está funcionando o no.
Y los resultados son desbordantemente favorables.
Según han analizado desde Oxford Economics, los beneficios se pueden observar desde tres
diferentes dimensiones.
Aumento del número de nuevas plantas de renovables en construcción, expansión del equipamiento
para tecnologías de descarbonización, elevación de las valoraciones bursátiles de las empresas
con activos bajos en emisiones.
Los síntomas de mejoría son evidentes.
Los sectores de la automoción y las baterías habían anunciado la construcción de nuevas
fábricas por valor de 52.000 millones de dólares, más de 20 veces la cantidad anunciada
en 2021.
Asimismo, el propio día que se aprobó el IRA, las acciones de los productores de baterías
subieron un 4,6%, las de los productores de hidrógeno un 4,3% y las de los productores
de baterías un 3,5%, superando el aumento del 1,7% en el mercado estadounidense.
Incluso en la etapa inicial, el estímulo ha sido muy bien aceptado por los inversores
y han entendido que el IRA y la transición energética pueden suponer ganancias y mejorar
la competitividad empresarial a largo plazo en los sectores asociados.
Un triple win-win-win, tanto para el clima como para las empresas como para los ciudadanos.
Ahora bien, ¿qué quiere conseguir Estados Unidos con todo esto?
¿Cuáles son sus objetivos a largo plazo, vagón de cola o locomotora?
De momento solo sabemos qué pretende alcanzar para el final de esta década, para 2030.
Según la estrategia del todavía presidente Joe Biden, lo que busca conseguir es lo siguiente.
Ahorrar a las familias estadounidenses la friolera de 38.000 millones de dólares en
facturas de electricidad.
Fortalecer la seguridad energética de Estados Unidos reduciendo las importaciones netas
de petróleo crudo en casi un 60%.
Reducir las emisiones industriales y manufactureras hasta un 40% por debajo de los niveles de
2005.
Duplicar la proporción de electricidad estadounidense generada por fuentes limpias al 80%.
Acelerar la electrificación del parque automotor estadounidense con una participación de ventas
de vehículos ligeros de cero emisiones que alcance hasta el 65%.
Nada mal, pero el reto es enorme y es solo el comienzo para esta década crucial en el
nuevo tablero de la geopolítica de la energía.
Los competidores están en todos lados, salen de hasta debajo de las piedras para robarle
la hegemonía energética.
Solo unas últimas cifras de finales de 2023 para aclarar las tendencias globales y dar
una fotografía del potencial del futuro es el siguiente.
China es el mayor contribuyente a la inversión en transición energética, con un 38% del
total mundial, con 676.000 millones de dólares.
Los 27 estados miembros de la Unión Europea hicieron una inversión combinada de 360.000
millones de dólares.
Estados Unidos, 303.000 millones de dólares.
La apuesta está hecha, pero habrá que mantenerla, porque la carrera solo acaba de comenzar,
el pistoletazo de salida está dado.
Independientemente del resultado de las elecciones, Estados Unidos tiene un largo y tortuoso camino
para desembarazarse, no solo de los combustibles fósiles, sino de su propia historia energética
que le ha llevado a ser una potencia mundial.
La pregunta es la siguiente.
¿Podrá eliminar el petróleo y el gas sin perder poder geopolítico?
Y hasta aquí el vídeo de hoy, repasando el pasado, el presente y un poco del futuro
de la energía en Estados Unidos.
Espero que les haya gustado este nuevo tipo de contenido, lo traeremos habitualmente,
siempre que lo valores positivamente y aporte aprendizaje sobre algo tan complejo.
Deja en comentarios tus impresiones sobre la implementación de este formato y si te
parece suficiente y apropiado, te leo con interés.
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temas similares?
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