"En cierta forma es una suerte de contrapunto, contraposición abierta, aquel cliché que se ha instalado en el sentido de que los políticos solamente mienten, solo pueden ocultar la verdad y que las verdades difíciles, las verdades incómodas, es mejor no decirlas. Más allá de las teorías económicas, más allá de los análisis respecto de por qué se llega a una crisis de ese tipo en términos económicos, insisto, la cuestión de fondo tiene que ver con cómo se administra la relación con las personas, con los votantes, con los ciudadanos, respecto de esas verdades difíciles, respecto de esas verdades incómodas".
No hay plata. La frase fuerte, gráfica, fue planteada más de una vez por el
Presidente de Argentina, el actual Presidente de Argentina, Javier Milei, en
su primer discurso al asumir el cargo. Reflejaba la visión que él tenía
respecto de la situación económica de Argentina al asumirlo, como decía, y por
lo tanto, en cierta manera, lo que se venía, si yo le digo al país, podrá
entender usted que no hay plata, entonces todos entenderemos que lo que se viene es
un plan de austeridad, porque si no hay recursos, lo que hay que hacer, lo
entendemos todos, insisto, es ahorrar. En cierta forma, es una suerte de
contrapunto, contraposición abierta, aquel cliché que se ha instalado en el
sentido que los políticos solamente mienten, sólo pueden ocultar la verdad y
que las verdades difíciles, las verdades incómodas, es mejor no decirla.
Más allá de las teorías económicas, más allá de los análisis respecto de por qué
se llega a una crisis de ese tipo en términos económicos, insisto, la cuestión
de fondo tiene que ver con cómo se administra la relación con las personas,
con los votantes, con los ciudadanos, respecto de esas verdades difíciles,
respecto de esas verdades incómodas. Sobre todo hoy día, cuando se nos dice que
precisamente la desconfianza de la gente frente a los representantes está
asociada a la idea de que esos representantes prácticamente y de manera
permanente mienten, sólo mienten. Esa apreciación, creo, es injusta desde dos
perspectivas. Primero porque desconoce que en todos los países del mundo y en
distintos sectores de la política, hay personas que se esfuerzan todos los días
por no caer en esa lógica, por plantear las verdades incómodas por incómodas que
sean y por asumir, por cierto, las consecuencias de plantearla. Pero también
porque a veces, en muchos casos, suelo olvidar que para que esa estrategia, la
otra, la de mentir, la de no decir la verdad, la de ocultar, funcione, requiere
que los votantes, las personas en general, para ir más allá del tema estrictamente
político, estemos dispuestos a aceptar eso. Entremos también en esa lógica.
Para poner ejemplos distintos, pero que usted seguramente recuerda, hace algunos
años se estableció en Chile que la ponderación de las notas del colegio iba
a aumentar a la hora de determinar los puntajes finales para postular a las
universidades en Chile. ¿Qué pasó? Milagrosamente las notas de los colegios
empezaron a subir y entonces, de pronto, todos los rendimientos académicos
empezaron a ser mejores. Uno podría pensar que, como no se le
pueden atribuir los procesos en principio a un milagro, habría que entender que
probablemente la presión de los padres sobre los colegios, la presión de los
propios alumnos, hizo que se relajara la exigencia para mejorar esas notas. Pero
eso no fue sólo porque una parte quisiera hacerlo, sino porque ambas estaban
dispuestas a hacerlo. Usted ha leído, igual que yo, que a cierto
tiempo, y vamos a otro tema pero que también es de nuestro país, que usted ha
leído, insisto, reportajes que hablan de médicos que otorgan licencias falsas o
licencias que no corresponden. Hay ciertos estudios específicos que
demuestran que en Chile se tienen más licencias por día en promedio en
relación a las mismas enfermedades, que si usted compara con otros países con
condiciones sanitarias parecidas y que esto, en el caso de los funcionarios
públicos, es todavía más grave si usted hace estudios parecidos.
Lo que suele hacer la opinión pública es criticar a los médicos que otorgan las
licencias, es decir, quieren ser castigados. Todo eso está muy bien, es cierto. Las
sanciones a los comportamientos que están prohibidos, el incurrir en
comportamientos prohibidos deben ser sancionados. Pero eso deja una parte
fuera. Hay alguien que va y que pide esa licencia. Hay alguien que va y que
paga por esa licencia. Por lo tanto es parte también de ese fraude. El fraude
requiere de dos. El ocultamiento o esa suerte de engaño, en algunos casos una
suerte de autoengaño, una suerte de trampa en el solitario, también es parte
de lo que aceptamos o estamos dispuestos a aceptar. Volviendo a la política, cuando
se dice, con una cierta desazón, mira el nivel de personas que ocupan tales o
cuáles cargos, mira a quién eligieron. Quizás debiéramos decir con más
precisión, mira a quién elegimos, sea por quien votamos, sea por si estuvimos o no
dispuestos a apoyar a candidatos que estaban dispuestos a hacer, valga la
redundancia, las cosas de una manera distinta. Es decir, frente a esta idea de
que la política se descompone, la representación se descompone, antes que
discutir complejas modificaciones a los sistemas institucionales, sin perjuicio
de que uno puede siempre discutir los perfeccionamientos al orden
institucional y a los mecanismos concretos, pero antes de ello cabría
preguntarse cómo nos comportamos nosotros desde la perspectiva del
representado, cómo actuamos al votar, qué cosas exigimos, qué criterios usamos, en
cierta manera si actuamos o no, como la lógica del sistema democrático
espera que actuemos. Didiera McCloskey, la gran economista, ha planteado reiteradamente
la idea de que una cosa que hay que defender, en cierta forma exigir, es lo
que ella llama el adultismo. Es decir, que seamos tratados efectivamente como
adultos. Es decir, personas que se hacen cargo de sus actos, asumen las
responsabilidades y deciden por eso, pero deciden asumiendo las consecuencias y
por lo tanto revisan, exigen. Parte del juego democrático, parte del
funcionamiento del sistema tiene que ver con lo que nosotros requerimos también
como votantes, con lo que pedimos, con lo que demandamos de nuestro representante.
No basta solo con decir que no son lo que quisiéramos si no hacemos nada al
respecto. Comento todo esto porque estamos a fin
de año y como usted sabe se ha desarrollado en Chile en el último
trimestre, como todos los años, el proceso de aprobación del presupuesto, el
presupuesto del Estado. Uno de los elementos fundamentales, no sólo de cómo
funciona el Estado, sino que cómo funciona la economía tendida a la
cantidad de recursos que hay ahí. Pero también que muestra cuáles son los
objetivos de la sociedad y de qué manera entendemos que se gastan esos recursos.
Hemos comentado en otras ocasiones que el sistema institucional desarrolla un
doble sistema de control a este respecto. Uno es que los ingresos o la mayor parte
de los ingresos que provienen de los tributos tienen que ser aprobados por el
Congreso para que sean aprobados por los representantes de los que pagan los
tributos. Esta es la idea que originada en la Carta Magna se consolida en la
Independencia de Estados Unidos al establecer el principio de que no hay
tributos sin representación. La otra parte es que el gasto concreto de esos
recursos tiene que ser también aprobado por el Congreso, porque eso significa no
sólo un control al gobernante, sino que también la participación de nuevo de
quienes pagan y de aquellos a quienes se supone que ese presupuesto ha de servir.
Entonces, uno esperaría haber oído discusiones del tipo de qué pasa con los
programas públicos que están duplicados. Sabemos, porque hay distintas
investigaciones que lo han planteado, que hay programas duplicados. Bueno, ¿cuál se
terminó? ¿Cuál se eliminó? Porque tenemos antecedentes de que la situación del país,
la situación económica del país no es buena y, por lo tanto, tendríamos que
entrar también en una lógica de ahorrar, no sólo de ahorrar en el
sentido de gastar menos, sino que también en el sentido de gastar mejor. ¿Qué
estamos haciendo al respecto? ¿Qué estamos haciendo con los sistemas de
evaluación de programas públicos? ¿Qué se hace con los que salen mal evaluados?
¿Se terminan? ¿Se cierran? ¿Qué pasa con la evaluación o los bonos a los
funcionarios? ¿Tenemos sistemas donde todo el mundo está evaluado con la nota
máxima? Cosa que usted y yo sabemos que no corresponde a ninguna distribución
real de un sistema de enseñanza, de educación, en fin. ¿Es así o efectivamente
tenemos rankings efectivos, sistemas que permitan incentivar un mejor rendimiento
y que operen con lógica de premio castigo? ¿Se hace? Acabamos de ver que se
aprobó la creación de un nuevo ministerio y ya hay una discusión
respecto de que eso podría representar duplicar las funciones que hoy día
tienen otros ministerios. Porque si el Ministerio del Interior deja de estar a
cargo de la Seguridad Pública, entonces no se ve, dicen algunos, qué sentido tiene
que exista la Secretaría General de la Presidencia y la Secretaría General del
Gobierno, que al final es una vocería, que en la gran mayoría de los países no
es un ministerio, es simplemente un cargo, el vocero. Bueno, ¿estamos haciendo el
estudio de cuántos cargos hay que reducir o simplemente asumimos que cada
nueva situación o cada nueva modificación supone solamente agregar,
solamente añadir y por lo tanto aumentar el gasto? Por cierto, todas estas son
verdades incómodas porque es revisar la parte dura, difícil, reconocer que cuando
se ha gastado de más en algún momento hay que pagar la cuenta, reconocer que al
final aquello que llamamos el muro de la realidad se impone y por lo tanto
tenemos que trabajar con esa realidad y cuando faltan recursos, cuando no hay
plata, frase que no sólo aplicaba en Argentina sino que también aplica en
Chile, hay que tomar las medidas correspondientes y lo que lo que
procede es que los votantes, no sólo quienes ocupan los cargos, sino que los
votantes también exijamos que eso se haga.
Usted habrá leído seguramente en 1984 la obra de Orwell cuando se plantea la
existencia del Ministerio de la Verdad, de este sistema de control de información
que interviene incluso sobre el pasado para asegurarse de que la autoridad
parezca teniendo siempre razón. Por cierto, esto es
una imagen distópica muy dura, muy cruda sobre lo que podría ser el resultado de
la desinformación, de lo que hoy día llamamos desinformación. Es cierto, y Orwell
es una llamada de atención sobre este punto. El riesgo, un gran riesgo, que a veces
parece que no vemos, es que parte de quienes podemos estar permitiendo que
eso ocurra somos los votantes, las personas comunes, usted y yo. No sólo por
eso ocurre, no sólo podríamos decir por lo que hacen los representantes, por lo
que hacen quienes están en los cargos, sino que también ocurre por lo que
dejamos de hacer, por la exigencia que dejamos de plantear, de mantener
quienes tenemos que votar, quienes tenemos que elegir. Si reclamamos contra
la representación, la solución no parece ser simplemente apelar a caudillo o a
sistemas complejos que rompen las lógicas de equilibrio, parece ser partir
por ejercer los derechos que a nosotros nos corresponden, sino el riesgo que
corremos es que el Ministerio de la Verdad lo terminemos instalando nosotros mismos.
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