El Día de Muertos, la fiesta en la que se realizan ofrendas en altares a las almas de los difuntos que regresan a visitar a sus familias, es una de las tradiciones más famosas de México, aunque también se celebra en algunas zonas de otros países, como Bolivia, Perú, Venezuela, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala o Estados Unidos. En este vídeo documental en español os contamos la historia del Día de Muertos y sus orígenes prehispánicos y católicos, así como su significado y cómo y cuándo se celebra. #diademuertos#historia#mexico
Mucho antes de que los españoles llevaran la religión católica a Mesoamérica, los nativos ya creían en la existencia de una vida tras la muerte. Dentro del cuerpo humano había una entidad anímica que otorgaba conciencia e identidad a la persona, y, cuando esta moría, esa ánima –a la que los mayas llamaban 'ol' y los mexicas 'teyolía'– abandonaba el cuerpo y pasaba a un plano ultraterreno. Sin embargo, para que pudiera continuar su existencia espiritual seguía necesitando ayudas de los vivos, de sus seres queridos, en forma de alimento y, especialmente, de reconocimiento, de recuerdo.
Cuando llegaron los españoles y, con ellos, la religión católica, se produjo un proceso de sincretismo religioso por el que las tradiciones nativas y las españolas se combinaron para dar lugar a nuevas tradiciones. Y de ahí surgió el Día de Muertos.
Cada familia monta en su casa un altar de ofrendas donde colocan fotos o imágenes de las personas difuntas a quienes se rinde homenaje. Junto a ellas, se encienden cirios y veladoras, para que su luz ayude a guiar a las almas en su camino desde el más allá, así como incienso y el copal, cuyo aroma purifica el ambiente. La sal está presente para que el espíritu visitante no se corrompa durante su estancia en el mundo de los vivos, y el agua, fuente de la vida, se pone para calmar su sed. El aroma y el color de las flores de cempasúchil sirve de orientación a las almas para que lleguen hasta su altar de ofrendas, mientras que el pan de muerto, por su forma tradicional –redonda y con dos pequeños huesos cruzados– representa el ciclo de la vida y la muerte.
Se disponen platos con la comida favorita de los difuntos. Si los muertos son adultos, también se puede colocar vino, algún licor y cigarros, en función de las preferencias del difunto cuando estaba vivo, para que recuerde los grandes acontecimientos agradables de su existencia terrenal. Una cruz dibujada con ceniza le servirá para expiar sus culpas pendientes, en caso de que las tuviera, y le ayudará a salir del purgatorio, si es que se encuentra allí, aunque esto último también se puede conseguir colocando una estampita o cromo de las Ánimas del Purgatorio. En la parte superior, un arco de flores, hojas o simple madera simboliza la entrada al mundo de los muertos.
El papel picado se emplea como decoración para dar vida y colorido, y representa el aire, uno de los cuatro elementos –junto al fuego, la tierra y el agua– que deben estar presentes en el altar. Las calaveras de azúcar, chocolate, amaranto o tamarindo que se colocan en el altar pueden presentar diversos tamaños y diseños, están dedicadas a la Santísima Trinidad y aluden a la muerte, que siempre está presente. Una hipótesis señala que el origen de la tradición de colocar estas calaveras puede estar relacionado con el tzompantli, un altar en forma de bastidor en el que los antiguos mesoamericanos colocaban hileras de cráneos de guerreros sacrificados.
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Como escritores, somos autores de novelas de romance histórico ('El corazón de la banshee' y '¿Quién diablos eres?', obra ganadora del V Premio Titania), libros juveniles (como la novela-espejo 'La maldición de Trefoil House') y también infantil-juveniles (como la colección 'Vinlandia', publicada también en Francia por la editorial Hachette).
----------- Guion: Pedro Estrada y Raquel de la Morena Edición, audio y vídeo: Pedro Estrada Música: 'Classic Mariachi', de Jimena Contreras
¡Bienvenidas, mentes curiosas!
¿Conocéis los orígenes de la celebración del Día de Muertos?
¿Sabíais que el alma de cada difunto regresa para visitar a su familia en uno de seis días
diferentes, en función del modo en que falleció y la edad que tenía?
Mucho antes de que los españoles llevaran la religión católica a Mesoamérica, los
nativos ya creían en la existencia de una vida tras la muerte.
Dentro del cuerpo humano había una entidad anímica que otorgaba conciencia e identidad
a la persona, y, cuando esta moría, esa ánima –a la que los mayas llamaban 'ol' y los
mexicas 'teyolía'– abandonaba el cuerpo y pasaba a un plano ultraterreno.
Sin embargo, para que pudiera continuar su existencia espiritual seguía necesitando
ayudas de los vivos, de sus seres queridos, en forma de alimento y, especialmente, de
reconocimiento, de recuerdo.
Aunque los ritos funerarios mesoamericanos variaban de unos pueblos a otros, los hallazgos
arqueológicos de enterramientos apuntan a que era muy frecuente que los difuntos fueran
sepultados acompañados de objetos que usaban de manera cotidiana, así como de herramientas,
alimentos, ropajes, instrumentos musicales y joyas, probablemente con la intención de
que al difunto le resultaran útiles en el más allá.
Esa tradición funeraria la encontramos también en otras muchas civilizaciones, como la sumeria
o la egipcia, ya que es universalmente lógico pensar que, si hay una vida más allá de
la muerte, puede ser buena idea viajar equipado con algunas cosas.
Aquellas antiguas ofrendas funerarias mesoamericanas –entre las que se incluían esculturas que
representaban a los dioses mortuorios, braseros, incensarios y calaveras hechas de diversos
materiales, como la piedra o el jade– forman parte de la raíz cultural del actual Día
de Muertos, en el que los vivos ofrendan a sus seres queridos fallecidos todo tipo de
objetos, de los que hablaremos más adelante.
A diferencia del cristianismo y al igual que, por ejemplo, la mitología nórdica, la cosmovisión
de los mexicas indicaba que el destino de los difuntos tras su muerte no tenía tanto
que ver con lo bien que se hubieran portado en vida como con su forma de morir.
Para ir a uno de los cuatro paraísos a los que podían aspirar los humanos, tenías que
perecer de una forma concreta.
Si morías en combate, ibas al Tonatiuhichan, un paraíso en el que, durante cuatro años,
lucharías junto al dios del Sol, Tonatiuh, contra la Luna.
Transcurrido ese tiempo, te reencarnarías en un colibrí.
También podías acabar en ese paraíso si eras capturado como prisionero y morías en
sacrificio gladiatorio, es decir, que te amarraban a una piedra mediante una soga y te ponían
a luchar contra varios de los guerreros del bando vencedor, que te solían acuchillar
sin demasiadas dificultades.
Daba igual si te defendías mucho o si te rendías nada más empezar: morir así también
te llevaba al Tonatiuhichan.
Quienes también se ganaban el acceso a un paraíso eran las mujeres que perecían dando
a luz.
En su caso, iban al Cihuatlampa y se convertían en cihuateteo, espíritus que acompañaban
al Sol, pues también habían muerto luchando y se las honraba como guerreras.
Tras cuatro años, podían regresar a visitar la tierra en días señalados.
Eso sí, según narró el franciscano Bernardino de Sahagún en su obra titulada 'Historia
general de las cosas de la Nueva España', los parientes de las mujeres fallecidas en
el parto debían vigilar su tumba durante varios días, o de lo contrario los guerreros
las desenterrarían para llevarse su cabello y el dedo corazón de la mano izquierda, puesto
que los consideraban un poderoso amuleto en batalla.
Otra manera de ir a un paraíso era morir ahogado, o electrocutado por un rayo, o por
una enfermedad de la piel.
En todos esos casos, el dios de la Lluvia, Tláloc, te acogería en su paraíso, el Tlalocan,
donde todo era felicidad y abundancia.
Por último, los niños que habían fallecido antes de los cuatro años iban al Chichihualcuauhco,
donde se alimentarían de la leche que brotaba de las hojas del árbol nodriza hasta que
volvieran a nacer.
Todos aquellos que no hubiesen muerto de una de las maneras que os acabamos de contar se
encaminaban al inframundo, al Mictlán, tras ser devorados por Tlaltecuhtli, deidad de
la tierra.
Una vez en los infiernos, debían atravesar sus nueve regiones y, si conseguían superar
todos sus peligros –que no eran pocos–, se encontrarían ante el señor del Inframundo,
Mictlantecuhtli, y su señora, Mictecacihuatl; recordarían toda su vida y pasarían a formar
parte del universo, con lo que al fin hallarían descanso.
Para los mexicas, la vida y la muerte formaban parte de un mismo proceso cíclico.
Era necesario que los seres vivos muriesen para que se crearan nuevos seres que rejuvenecieran
el universo.
La muerte, que alimentaba a la madre tierra, permitía mantener en marcha un proceso continuo
de regeneración.
De lo contrario, si el universo envejecía, sobrevendría el caos.
Cuando llegaron los españoles y, con ellos, la religión católica, se produjo un proceso
de sincretismo religioso por el que las tradiciones nativas y las españolas se combinaron para
dar lugar a nuevas tradiciones.
Y de ahí surgió el Día de Muertos.
Como ya os contamos en nuestro vídeo acerca del origen de la celebración de Halloween
–una festividad que no guarda relación con el Día de Muertos–, en el siglo VIII,
probablemente durante el papado de Gregorio III, quien consagró una capilla en la Basílica
de San Pedro en honor de Todos los Santos un 1 de noviembre, se estableció esa fecha
como el Día de Todos los Santos.
Más adelante, ya en el siglo XVI, la Iglesia católica adoptó el 2 de noviembre como el
Día de los Fieles Difuntos, una conmemoración de todos aquellos creyentes que han fallecido.
Es decir, que el 1 de noviembre es el Día de Todos los Santos y el 2 de noviembre es
el Día de los Fieles Difuntos.
Por su parte, los antiguos pueblos nativos –como los mexicas, los mixtecas, los zapotecas,
los texcocanos, los tlaxcaltecas o los totonacas–, veneraban a sus muertos después de la temporada
de cosecha del maíz, entre los meses de septiembre y noviembre, de modo que una nueva festividad,
el Día de Muertos, encontró acomodo en los días 1 y 2 de noviembre, las fechas dedicadas
al recuerdo de los difuntos por parte de los católicos.
Actualmente, en España, el 2 de noviembre no es festivo, por lo que la gente acude a
los cementerios a llevar flores el día 1.
Pero en el catolicismo no se cree que los difuntos regresen a visitarnos, no hay espíritus
que vuelvan del más allá; esa creencia, clave en el Día de Muertos, pertenece a la
visión de los nativos mesoamericanos de la festividad, que implica el retorno transitorio
de las ánimas al mundo de los vivos, donde visitan sus hogares para convivir con sus
parientes y nutrirse de los alimentos que se les ofrece en los altares montados en su
honor.
En el Día de Muertos, los difuntos no representan ausencias, sino presencias vivas.
A pesar de que el 1 y el 2 de noviembre son los días más importantes de la celebración,
aquellos en los que regresan las almas de la gran mayoría de difuntos, en realidad
se cree que hay almas que vuelven al plano terrenal unos días antes.
Así, el 28 de octubre es el día en que se hacen ofrendas a quienes han fallecido de
manera trágica, víctimas de violencia o accidentes.
El día 29, las que regresan son las almas de quienes murieron ahogados y aquellas que
se encuentran en el purgatorio, es decir, las de quienes perecieron habiendo cometido
pecados veniales sin confesar pero sin haber incurrido en pecados mortales.
El 30 de octubre se acostumbra a poner el altar para las almas olvidadas, solitarias
y perdidas; y el día 31 de octubre para los niños que fallecieron antes de ser bautizados.
El 1 de noviembre es el día de los niños que sí fueron bautizados y, finalmente, el
2 de noviembre regresan los adultos.
Antes de proseguir, hay que aclarar que existen numerosas diferencias en el modo de celebrar
el Día de Muertos dependiendo de la región y de cada familia.
Y las diferencias también existen en cuanto al significado de los elementos tradicionales
que conforman los altares de muertos, de los que os vamos a hablar a continuación.
Cada familia monta en su casa un altar de ofrendas donde colocan fotos o imágenes de
las personas difuntas a quienes se rinde homenaje.
Junto a ellas, se encienden cirios y veladoras, para que su luz ayude a guiar a las almas
en su camino desde el más allá, así como incienso y el copal, cuyo aroma purifica el
ambiente.
La sal está presente para que el espíritu visitante no se corrompa durante su estancia
en el mundo de los vivos, y el agua, fuente de la vida, se pone para calmar su sed.
El aroma y el color de las flores de cempasúchil sirve de orientación a las almas para que
lleguen hasta su altar de ofrendas, mientras que el pan de muerto, por su forma tradicional
–redonda y con dos pequeños huesos cruzados– representa el ciclo de la vida y la muerte.
Se disponen platos con la comida favorita de los difuntos, y también es común la presencia
de frutas como la mandarina, la guayaba, la naranja o la jícama.
Si los muertos son adultos, también se puede colocar vino, algún licor y cigarros, en
función de las preferencias del difunto cuando estaba vivo, para que recuerde los grandes
acontecimientos agradables de su existencia terrenal.
Una cruz dibujada con ceniza le servirá para expiar sus culpas pendientes, en caso de que
las tuviera, y le ayudará a salir del purgatorio, si es que se encuentra allí, aunque esto
último también se puede conseguir colocando una estampita o cromo de las Ánimas del Purgatorio.
En la parte superior, un arco de flores, hojas o simple madera simboliza la entrada al mundo
de los muertos.
El papel picado se emplea como decoración para dar vida y colorido, y representa el
aire, uno de los cuatro elementos –junto al fuego, la tierra y el agua– que deben
estar presentes en el altar.
Las calaveras de azúcar, chocolate, amaranto o tamarindo que se colocan en el altar pueden
presentar diversos tamaños y diseños, están dedicadas a la Santísima Trinidad y aluden
a la muerte, que siempre está presente.
Una hipótesis señala que el origen de la tradición de colocar estas calaveras puede
estar relacionado con el tzompantli, un altar en forma de bastidor en el que los antiguos
mesoamericanos colocaban hileras de cráneos de guerreros sacrificados.
Por su parte, el petate, que los pueblos prehispánicos empleaban a modo de cama y también como mortaja,
puede usarse como mantel donde colocar los alimentos de la ofrenda, entre los que es
frecuente encontrar mole con pollo, tacos, tamales, pozole y calabaza en tacha.
Cuando las ofrendas están dedicadas a los niños o angelitos, los altares se adornan
con flores y candelabros blancos, símbolo de la pureza de sus almas.
No se colocan objetos que pertenezcan a los altares de los adultos y sí figuritas hechas
de dulce de alfeñique y pequeños juguetes de barro pintados con colores alegres para
que jueguen con ellos.
Como ya mencionamos, los elementos de las ofrendas varían de una región a otra y también
en función de las preferencias de cada familia, de lo que sea tradición en su propio hogar,
pero, por lo general, en los altares de ofrendas conviven elementos de la tradición católica,
como las cruces, las velas o el pan de muerto –que tiene su origen en el pan de ánimas
que se preparaba en la península Ibérica para el día de Todos los Santos y el de los
Fieles Difuntos–, con otros procedentes de las culturas prehispánicas, como el copal,
las calaveras, la comida típica o las flores de cempasúchil, cuyos pétalos también se
emplean en muchos lugares de México para guiar al difunto desde el cementerio hasta
su altar de ofrendas y viceversa.
De igual manera es tradición visitar el panteón familiar y adornar las tumbas de los seres
queridos, principalmente con flores y velas.
Al margen de los aspectos religiosos o espirituales, desde una perspectiva puramente estética,
el Día de Muertos es una fiesta visualmente preciosa, rebosante de arte y de color.
Y, a pesar de su larga tradición, evoluciona con los años e incorpora nuevas tendencias.
Por ejemplo, uno de los iconos más reconocibles del Día de Muertos, la Catrina, es relativamente
reciente.
Fue creada por el dibujante y grabador José Guadalupe Posada hace poco más de un siglo,
e inicialmente fue conocida como la Calavera Garbancera.
Posteriormente, en 1947, el famoso artista Diego Rivera la popularizó al dibujarla en
su mural titulado 'Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central', donde el esquelético
personaje aparece junto a su creador –Posada–, su esposa, Frida Kahlo, y una versión infantil
del propio Rivera, que fue quien rebautizó el personaje como la Catrina, dado que la
había vestido con ropajes propios de la aristocracia mexicana de principios del siglo XX, y la
palabra 'catrín' se empleaba para referirse a un hombre muy elegante de aquella época;
tenía un significado similar a 'dandi'.
Originalmente, en 1913, la Calavera Garbancera de Posada, ataviada únicamente con un sombrero
de estilo francés, fue publicada acompañando a una crítica en verso hacia los mexicanos
de sangre nativa que intentaban aparentar ser europeos vistiéndose como tales y renegando
de su propia herencia cultural.
En aquella época se referían a ese tipo de personas, de manera despectiva, como garbanceros.
El término 'garbancera', que en una de sus acepciones en el 'Diccionario de la lengua
española' significa "persona o cosa ordinaria y vulgar", se empezó a utilizar después
de que comerciantes nativos que anteriormente habían vendido maíz pasaran a vender garbanzos,
como si fueran europeos –españoles y franceses sobre todo–, abandonando así sus tradiciones.
De ahí el nombre original del personaje.
Pero no fue ni mucho menos el único ser esquelético que dibujó o grabó.
Durante la larga presidencia de Porfirio Díaz al frente de México, en la prensa se popularizaron
los textos críticos acerca de la situación del país, redactados con estilo burlón y
acompañados por dibujos de calaveras y esqueletos.
Y Posada fue un autor muy prolífico en ese campo: calaveras vestidas de gala, calaveras
montando a caballo, calaveras en bicicleta...
Eran ilustraciones divertidas y muy vitales con las que no se pretendía asustar, como
salta a la vista, sino tan solo plasmar escenas costumbristas o folclóricas que, por lo general,
señalaban las desigualdades sociales y los errores políticos.
En Aguas Calientes, la localidad natal de Posada, se celebra cada año, desde la última
semana de octubre hasta principios de noviembre, el Festival de las Calaveras, inspirado en
sus obras y bañado en su particular humor trágico.
La Catrina, por su parte, se convirtió en un icono internacional del Día de Muertos,
y actualmente se puede encontrar por todas partes y en todo tipo de artesanías con múltiples
variaciones en su atuendo y aspecto, de ahí que se hable también de las Catrinas, en
plural.
Aunque por su aspecto a veces se vincula a la Catrina con el personaje legendario de
la Llorona, mucho más antiguo, en realidad no guardan relación.
Aunque el Día de Muertos es una tradición mexicana, también tiene presencia en algunas
zonas de países como Bolivia, Perú, Venezuela, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala
o Estados Unidos, así como en el noroeste de Argentina, concretamente en la provincias
de Jujuy y Salta.
Aunque allí se denomina Día de las Almas, muchas de sus tradiciones coinciden con las
mexicanas.
En la península de Yucatán, en numerosos pueblos y ciudades con origen o influencia
maya, en las mismas fechas que el Día de Muertos se celebra una tradición muy parecida
conocida como Hanal Pixán, que puede traducirse como “comida para las almas” y en la que
se ofrendan a los difuntos comidas típicas de la región y otros objetos en mesas cubiertas
con manteles blancos o grises para los adultos, y de colores llamativos para los niños.
La tradición del Hanal Pixán se celebra tanto en zonas del actual México como del
norte de Belice y en Guatemala.
En 2008, la Unesco declaró el Día de Muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la
Humanidad, por su importancia y significado, ya que se trata de una expresión tradicional,
pero también contemporánea y viva, de carácter integrador y comunitario.
Constituye una hermosa celebración de la memoria y un ritual que reúne a todos los
miembros de las familias, tanto vivos como muertos, para recordar juntos las cosas que
realmente son importantes.
¿Y vosotros?
¿Qué opináis del Día de Muertos?
Si en la zona en que vivís se practica esa tradición, ¿cómo la celebráis vosotros?
Me gustaría que nos lo contarais abajo, en los comentarios.
Y si queréis conocer más historias interesantes, suscribíos a nuestro canal.
¡Muchas gracias por estar ahí, mentes curiosas!
¡Nos vemos en el siguiente vídeo!