Lo mataron por salvar la vida de millones de madres

Raquel de la Morena
15 seguidores
21 Visualizaciones de video·25 ago 2024
¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Conocéis la trágica historia de Ignaz Semmelweis,
el cirujano que acabó encerrado y asesinado en un manicomio por
proponer a sus colegas que se lavaran las manos antes de atender los partos?
En la historia de la ciencia, y de la medicina en particular,
ha habido grandes luces, pero también grandes sombras que ponen de manifiesto lo mejor y lo
peor del ser humano. La historia que os vamos a contar hoy es la de un hombre que se esforzó
al máximo por salvar a millones de mujeres y niños y que, como recompensa, perdió la suya.
Ignaz Philipp Semmelweis nació el 1 de julio de 1818 en Buda, la parte occidental de la actual
Budapest, capital de Hungría, que en aquella época formaba parte del Imperio austríaco.
Fue el quinto de los diez hijos de Joseph y Theresia, ambos de ascendencia alemana.
A pesar de la pobreza y la represión que se vivía en Hungría a principios del siglo XIX,
su padre logró desarrollar una próspera actividad comerciando con alimentos, y su familia,
de fe católica, pudo vivir de manera acomodada. En la casa natal de Ignaz, que también era la
sede de la empresa familiar, se encuentra hoy el Museo Semmelweis de Historia de la Medicina.
Según testimonios de quienes convivieron con Ignaz durante su infancia y juventud, era un niño
talentoso, alegre y de carácter tranquilo, querido por sus profesores y compañeros. A los 15 años,
tras graduarse con honores en un gimnasio –una escuela de educación secundaria–, Ignaz ingresó
en la Facultad de Derecho de la Universidad de Viena por consejo de su padre, quien lo animó
a que se convirtiera en juez militar. Pero unas pocas semanas le bastaron para darse cuenta de
que aquella carrera no le atraía. Gracias a un amigo suyo, pudo asistir a una clase de anatomía
impartida por Joseph Berres, un reputado obstetra y cirujano. Ignaz quedó tan impresionado por la
estructura del cuerpo humano que decidió cambiar inmediatamente de carrera y pasarse a Medicina.
Tras completar su primer año de estudios, regresó a Hungría y se formó durante
dos años en la Universidad de Pest antes de regresar nuevamente a la Universidad de Viena,
cuya facultad de Medicina estaba considerada por aquel entonces la más prestigiosa de Europa. Allí,
el patólogo Carl von Rokitansky, uno de los principales fundadores de la anatomía patológica
como ciencia, le ofreció al joven Semmelweis la oportunidad de trabajar en la morgue y realizar
autopsias a todas las mujeres y los neonatos que perecían de fiebre puerperal, también denominada
sepsis puerperal. Se trataba de un proceso infeccioso septicémico muy grave y aterradoramente
habitual que sufrían en los hospitales tanto las mujeres, tras un parto o un aborto,
como los recién nacidos. La infección afectaba a todo el organismo, desencadenando una respuesta
inflamatoria general. En la época de Semmelweis, la fiebre puerperal resultaba letal en más del
90% de los casos. ¿Qué provocaba aquella terrible infección? No se sabía. Pero medio siglo antes,
a finales del XVIII, comenzó a extenderse entre los médicos la hipótesis de que las infecciones,
incluida la fiebre puerperal, eran causadas por las miasmas, emanaciones fétidas de suelos
y aguas impuras. Por ello, en los hospitales se popularizó la recomendación de abrir las
ventanas para mantener una buena ventilación.
estudiante interno en el Hospital General de Viena, el hospital universitario de la ciudad,
con la esperanza de convertirse en asistente del patólogo Jakob Kolletschka, su profesor favorito,
quien impartía clases de medicina forense. Pero su solicitud fue rechazada y solo pudo especializarse
en obstetricia, que por entonces se consideraba una rama menos prestigiosa. Tras lograr su diploma
de obstetra y también el de cirujano, en 1846 Semmelweis firmó un contrato para trabajar como
asistente del jefe del departamento de obstetricia del hospital, el profesor Johann Klein.
Klein llevaba dos décadas en aquel puesto, desde 1823,
y una de sus primeras medidas fue permitir que los obstetras y los estudiantes accedieran al
departamento de Anatomía y participaran en autopsias de mujeres que acababan
de fallecer por fiebre puerperal, a las que realizaban exámenes vaginales. Acto seguido,
regresaban al departamento de Obstetricia para examinar a las mujeres que estaban dando a luz.
En el siglo XIX se abrieron hospitales maternos gratuitos por toda Europa para
frenar los frecuentes infanticidios de los hijos ilegítimos. Además,
ofrecían cuidados para los recién nacidos. Por ello, las mujeres con pocos recursos,
incluidas las prostitutas, solían recurrir a ellos. A cambio de la asistencia médica,
aceptaban ser estudiadas y examinadas por los estudiantes de medicina.
El Hospital General de Viena era el más grande de Europa y atendía entre 6.000
y 8.000 nacimientos al año. Por motivos funcionales, en 1833 se decidió dividir
el departamento de Obstetricia en dos clínicas, y en 1840 Klein dividió a todos los estudiantes en
dos grupos. En la Clínica I, dirigida por el propio Klein, trabajaban los estudiantes que
aspiraban a convertirse en médicos, todos varones; mientras que en la Clínica II,
dirigida por el profesor Franz Bartsch, procedente de Salzburgo, trabajaban mujeres,
que únicamente recibían formación como matronas y, por tanto, no examinaban cadáveres.
En la Clínica I, casi el 20% de las mujeres que daban a luz fallecían,
un porcentaje que algunos años se elevó hasta el 30%. Era la maternidad con mayores tasas de
mortalidad de toda Europa. Curiosamente, en la Clínica II, las defunciones no superaban
el 4%. Además, en en la clínica de Klein la fiebre puerperal era de naturaleza epidémica:
si una mujer la sufría al dar a luz, un número significativo de las parturientas
que se encontraban en la clínica también acababan enfermando. Por contra, en la clínica de Bartsch,
la de las matronas, los casos solían ser aislados, en pacientes individuales.
Como es lógico, tantas muertes no pasaron desapercibidas para las vienesas embarazadas,
quienes intentaban a toda costa evitar ser atendidas en la Clínica
I y trataban de llegar a Bartsch, cuyas citas en la clínica se prolongaban hasta
después de la medianoche. Según relató con posterioridad el propio Semmelweis,
algunas mujeres, desesperadas, imploraban de rodillas no ser admitidas en la Clínica I.
¿Y no era mejor dar a luz en casa que acudir a un hospital donde tienes un 20% de posibilidades de
fallecer por fiebre puerperal? Las mujeres se arriesgaban a hacerlo por dos motivos
principales: uno era que dar a luz en casa, sin asistencia médica, también tenía sus riesgos,
y otro era que las mujeres que daban a luz en los hospitales recibían ayudas económicas por
su maternidad. Para solventar el dilema, algunas tiraban por el camino del medio, literalmente:
daban a luz en alguna calle situada entre su domicilio y el hospital. De ese modo,
podían argumentar que el parto había sido imprevisto y que las había sorprendido de
camino al hospital. Así se libraban de dar a luz en la clínica y seguían teniendo derecho a
cobrar los beneficios por maternidad. Lo más llamativo para Semmelweis fue que la fiebre
puerperal era infrecuente en aquellas mujeres que tenían un parto callejero.
Como ya hemos comentado, Semmelweis comenzó a ejercer como asistente de Klein en 1844 y,
por tanto, trabajaba en la Clínica I. Enseguida comprendió que lo más apremiante era descubrir la
forma de frenar los casos de fiebre puerperal: no podían seguir permitiendo que tantas mujeres a las
que atendían –y también muchos recién nacidos– perdiesen la vida a causa de ella. Aquello era
una auténtica tragedia. Y si querían acabar con ella, era imperioso saber qué la estaba causando.
Consultar sobre el tema con otros colegas no le sirvió para arrojar luz sobre el misterio:
en aquella época aún no se había desarrollado la teoría microbiana de las enfermedades
infecciosas y la inmensa mayoría de los médicos europeos seguían anclados en las
antiguas ideas de humoralismo y discrasia, según las cuales lo que hacía enfermar a
las personas eran los desequilibrios entre los cuatro fluidos principales del cuerpo humano:
sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Un exceso de uno o más de ellos provocaba casi
todas las enfermedades internas, de ahí que durante siglos practicaran inútiles sangrías.
Los colegas de Semmelweis achacaban la fiebre puerperal a las mencionadas miasmas,
al clima, a un shock emocional de las mujeres por el esfuerzo del parto o, sencillamente,
a la voluntad del Señor. También se debatían las hipótesis de que la inflamación en la
zona del útero fuera causada por espermatozoides infectados, por un flujo de leche materna en la
dirección equivocada o por la sangre menstrual acumulada durante los meses de embarazo. Como
veis, los conocimientos médicos eran todavía muy limitados hace menos de dos siglos.
Para ser justos con los médicos, aunque desde Hipócrates hasta Pasteur el desequilibrio
de humores intracorporales fue la causa preferida a la que achacar las enfermedades,
también hubo desde la Antigüedad quienes intuyeron el origen real de las infecciones. Por ejemplo,
el historiador griego Tucídides, en el siglo V a. C., fue la primera persona en poner por escrito,
en su relato acerca de la plaga que azotó Atenas en el año 430 a. C, que las enfermedades podían
transmitirse de unas personas a otras. Por su parte, el sabio romano Marco Terencio Varrón,
en el 36 a. C., escribió en su obra titulada 'De Agricultura' la siguiente advertencia:
“Hay ciertas criaturas diminutas que no pueden verse con los ojos, que flotan en el
aire y entran en el cuerpo a través de la boca y la nariz y allí causan graves enfermedades”.
El famoso médico griego Galeno, ya en el año 175 de nuestra era, propuso que las epidemias
se propagaban por “ciertas semillas de plaga” que estaban presentes en el aire. Y en la Edad Media,
el médico andalusí del siglo XIV Ibn Jatima escribió un tratado sobre la peste en el que
afirmaba: “La existencia de contagio es conocida por la experiencia, la investigación, la evidencia
de los sentidos y los informes fidedignos. Estos hechos constituyen un argumento de peso. El hecho
de la infección se vuelve claro al investigador que nota cómo aquel que establece contacto con
el afligido coge la enfermedad, mientras que aquel que no está en contacto permanece sano,
y cómo la transmisión es afectada a través de prendas, vasijas y pendientes”.
Asimismo, el médico Eugenio Espejo, nacido en Quito y una de las figuras más relevantes del
Ecuador hispánico, publicó en 1785 su obra 'Reflexiones acerca de un método
para preservar a los pueblos de viruelas', en la cual proponía que el origen de las
enfermedades infecciosas no se debía a maldiciones divinas, sino a causas
biológicas, y que para evitar su dispersión debían implementarse medidas higiénicas.
Tampoco sería Semmelweis el primero en percatarse de la naturaleza infecciosa
de la fiebre puerperal. En 1789, en la localidad escocesa de Aberdeen,
se desencadenó una epidemia de fiebre puerperal, tanto en el hospital de la ciudad como en las
aldeas de la zona. Las mujeres que daban a luz en su casa también la contraían y
fallecían. El único obstetra-ginecólogo de la ciudad era un hombre llamado Alexander Gordon,
y sobre él recayó el peso de hacer frente a la epidemia. De manera metódica, recopiló todos los
datos a su disposición acerca de las mujeres que daban a luz en el hospital y llegó a la conclusión
de que las parturientas solo enfermaban si eran visitadas por parteras procedentes de la ciudad.
Las mismas que estaban propagando la infección por toda la región al ayudar a quienes parían
en sus hogares. Como por entonces no se conocían los desinfectantes, Gordon proclamó:
“No hay mejor limpieza que el humo y el fuego”. Y ordenó quemar la ropa de cama y las pertenencias
de las enfermas, así como llenar de humo las salas y habitaciones donde habían estado. Además, hizo
que las parteras y el personal médico se lavaran a fondo antes de atender a las parturientas. De ese
modo, la epidemia acabó por remitir. Sin embargo, Gordon nunca estuvo cerca de identificar el agente
causante ni supo dar una explicación científica de por qué sus medidas habían resultado eficaces.
Como premio por su éxito, la población local le atribuyó a Gordon la responsabilidad por
los brotes de fiebre puerperal y condenaron sus métodos. ¿Y a qué se debió aquel descrédito?
Probablemente a la campaña de difamación que lanzaron contra él las parteras locales, quienes,
viéndose señaladas por Gordon como propagadoras de la enfermedad, contraatacaron haciendo pública la
muerte de cada paciente y guardando silencio sobre las recuperaciones. Seis años después,
Gordon se enroló en la Marina y nunca volvió a Aberdeen ni a ejercer como obstetra.
Regresando a mediados del siglo XIX, a la época de Semmelweis,
la fiebre puerperal causaba más muertes que la viruela y el cólera juntos. Solo en Prusia,
perecieron más de 360.000 mujeres en un periodo de 60 años, es decir, más de 16 al día.
Semmelweis se obsesionó con encontrar la causa. Reunió todos los datos de las
pacientes ingresadas en las clínicas I y II del Hospital General de Viena y descubrió que,
en los últimos seis años, habían muerto casi dos mil mujeres en la primera y setecientas en
la segunda. ¿A qué se podía deber aquella diferencia tan enorme? Comenzó a apuntar
hasta el menor detalle de las técnicas y los procesos empleados en cada una de las clínicas:
si se permitía a las mujeres dar a luz tumbadas de costado y no hacia arriba;
si se las transfería de vuelta a su sala tras el parto con ayuda en lugar de obligarlas a caminar
solas; qué drogas se les suministraba y en qué orden; cómo se ventilaban las salas... Nada de
ello era muy diferente entre ambas clínicas, y Semmelweis no obtuvo ningún resultado.
Sentía que daba palos de ciego. El clima no podía ser la causa de la fiebre puerperal,
pues este era idéntico para ambas clínicas. Para intentar descartar otra de las hipótesis
que se manejaban entonces, la de que la fiebre era provocada por un shock emocional de las mujeres,
Semmelweis decidió llevar a cabo un experimento. Invitó a un sacerdote para que, todos los días,
caminara por la maternidad con una campana y administrara la extremaunción a las
moribundas. Las mujeres de las camas cercanas estaban aterrorizadas, pero
aquello no produjo ningún efecto sobre las tasas de mortalidad. El misterio seguía sin resolverse.
Pero... Semmelweis tuvo la ocurrencia de analizar informes de hasta tres siglos de
antigüedad procedentes de diversos países y encontró un indicio que le pondría en el buen
camino: descubrió que la fiebre puerperal aparecía sobre todo en las maternidades de
instituciones hospitalarias en las que se había adoptado un enfoque científico más materialista,
lo que incluía un departamento de anatomía y estudiantes que realizaban autopsias. ¿Qué
relación podía guardar ese dato con la infección?
Mientras Semmelweis seguía indagando por su cuenta, uno de los doctores más reputados del
hospital, el terapeuta Joseph Skoda, observó las tablas que Semmelweis había elaborado,
en especial la que marcaba la diferencia de defunciones entre la primera clínica y la segunda,
y propuso formar una comisión para investigar la causa. Pero el director de la Clínica I, Klein,
para evitar procedimientos oficiales, pidió ayuda al ministro de Sanidad y el tema fue
eliminado de la agenda. No fue hasta principios de 1847, cuando las muertes
de la Clínica I cuadruplicaban ya las de la segunda, cuando se convocó finalmente
la comisión. Esta dictaminó que la causa del elevado número de fallecimientos en la
Clínica I fue la acción de un grupo de matronas estudiantes procedentes del extranjero. Se ordenó
que todas ellas fueran suspendidas del trabajo. Y, de paso, también suspendieron a Semmelweis.
Este aprovechó la suspensión para viajar a Venecia de vacaciones con dos amigos a
fin de distraerse del funesto ambiente del hospital, pero en cuanto se enteró de que
había quedado libre una nueva plaza para un obstetra, no dudó en regresar a Viena.
¿Os acordáis del profesor favorito de Semmelweis, el profesor de medicina forense Jakob Kolletschka,
de quien había querido ser ayudante pero fue rechazado? Pues bien, a su regreso al hospital,
Semmelweis se enteró de que había fallecido. Y de manera muy particular. Resulta que durante
la autopsia del cuerpo de una mujer que había muerto de fiebre puerperal,
uno de los estudiantes hirió accidentalmente a Kolletschka con un bisturí. Pocos días después,
el profesor murió de sepsis. Al estudiar la historia clínica y el informe de la autopsia,
Semmelweis descubrió que el cuadro patológico era idéntico al típico de las mujeres y los bebés
que morían por fiebre puerperal: flebitis, linfangitis, piemia y metástasis múltiples.
Así fue como brotó en su mente la idea de que la fiebre puerperal era una sepsis causada por
partículas cadavéricas que, transportadas por las manos de los médicos que realizaban autopsias,
iban a parar a las heridas en el útero y la vagina de las parturientas y, de allí,
directamente al torrente sanguíneo. Semmelweis comprendió que la fiebre puerperal era,
por tanto, una infección que podía transmitirse de enfermos a sanos y que,
al contrario de lo que se creía, no afectaba exclusivamente a las mujeres.
Semmelweis también fue el primer médico que describió la infección neonatal de
transmisión vertical. Observó que los hijos neonatos de mujeres que habían
fallecido por fiebre puerperal a veces desarrollaban y perecían a consecuencia
de una fiebre de características similares, lo que le hizo concluir que las partículas
infecciosas cadavéricas habían sido transmitidas de la madre al recién nacido.
Por su experiencia en el departamento de Anatomía, Semmelweis sabía que, tras una autopsia,
de las manos de los médicos y estudiantes emanaba un pútrido olor a cadáver que persistía incluso
después de lavarse con jabón. En la clínica de Klein, cada parturienta podía ser examinada
varias veces por un médico y hasta por diez estudiantes, muchos de los cuales podían haber
estado trabajando justo antes en la morgue. Para confirmar su hipótesis, en mayo de 1847 Semmelweis
ordenó al personal del hospital que, antes de manipular a mujeres embarazadas o parturientas,
se lavaran bien las manos con una solución de lejía, y que los instrumentos médicos fueran
sometidos al mismo tratamiento. Cada lavado debía prolongarse durante al menos 15 minutos.
Y bajo ningún concepto se podía examinar a una paciente hasta 24 horas después de haber estado
trabajando en el departamento de Anatomía. Además, sobre la cama de cada parturienta se
colgó un cartel con los nombres de todos los médicos y estudiantes que hubieran trabajado
con ella. De ese modo, podría identificarse de manera inmediata a los responsables de su muerte.
Gracias a aquellas medidas, la mortalidad entre las mujeres que daban a luz en la
Clínica I cayó bruscamente del 18,27% al 0,9% en tan solo tres meses. Sin embargo,
no todos los empleados recibieron con agrado aquellas innovaciones. Morían menos mujeres,
sí, pero les resultaba pesado tener que lavarse las manos durante un cuarto de hora cada vez que
debían tratar a una paciente, y el cloro de la lejía les irritaba la piel de las manos.
En marzo de 1849, expiró el contrato de Semmelweis con la Clínica I y Klein,
quien seguía siendo su jefe, decidió no renovarlo. El pretexto oficial fue “falta de fiabilidad
política”. ¿Por qué? Porque el año anterior se produjo un levantamiento húngaro contra la
autoridad de los Habsburgo y Semmelweis, aunque no se pudo demostrar que hubiera participado
en las protestas convocadas en Viena, era sospechoso de simpatizar con el movimiento
nacionalista húngaro. Los investigadores y biógrafos opinan que Klein no sentía ninguna
animadversión personal por Semmelweis, pero estaba pensando en jubilarse y no quería que
un joven doctor destapara el escándalo de la cantidad de mujeres que habían muerto
por culpa de la falta de higiene de los médicos. ¿Y cómo justificó Klein el brusco descenso de la
mortalidad en su clínica? Según él, no se debía a la nueva práctica de lavarse las manos con
una solución de cloro, sino a un nuevo sistema de ventilación que él había ordenado instalar.
Durante más de un año, Semmelweis no fue capaz de encontrar trabajo ni de proseguir con sus
investigaciones, que se encaminaban ahora a demostrar que no solo las “partículas cadavéricas”
eran capaces de provocar sepsis, sino también los tejidos en descomposición de pacientes vivos, como
aquellos aquejados de gangrena, y, en general, cualquier sustancia orgánica en descomposición.
Algunos de los doctores del Hospital General de Viena más allegados a él,
como Skoda o von Rokitansky, lo animaron a publicar sus investigaciones y, presionado
por ellos, redactó un informe que leyó ante la Sociedad Médica de Viena el 15 de mayo de 1850.
Su posición fue debatida durante meses, dado que contradecía todas las hipótesis planteadas
hasta el momento. Finalmente no llegó a ser aceptada por el establishment científico,
por lo que sus recomendaciones no se pusieron en práctica de manera generalizada. Sin embargo, a
Semmelweis le concedieron el título de profesor y se le ofreció un puesto de médico clínico. Eso sí,
sin derecho a trabajar en el departamento de Anatomía ni de realizar autopsias,
ni de ayudar en los partos. Ni siquiera podía enseñar a estudiantes en la sala de maternidad.
Ofendido por aquella propuesta y decepcionado al enterarse de que, en realidad, Skoda nunca
había creído en sus descubrimientos y solo lo estaba usando como peón en un juego político,
Semmelweis abandonó Viena y se marchó a Budapest. Según sus propias palabras,
estaba “desesperado y no podía soportar más la resistencia de la comunidad médica vienesa”.
Cortó toda relación con sus antiguos colegas, y Skoda, de hecho, nunca mencionó a Semmelweiss en
sus conferencias posteriores, en las que achacaba la fiebre puerperal a la hipotermia, a los errores
en las dietas, a las miasmas... A cualquier causa menos a la propuesta por Semmelweis.
Pero no todos los médicos hicieron oídos sordos a sus recomendaciones. Uno de los pocos que le
prestaron atención fue el obstetra alemán Gustav Michaelis, pionero de la obstetricia científica
y autor de un tratado acerca de las dificultades en los partos asociadas a una pelvis estrecha. De
hecho, un contorno en la región del hueso sacro se conoce como rombo de Michaelis en su honor.
Pues bien, a finales de 1847, Semmelweis, con la ayuda de algunos de sus alumnos,
envió cartas a varios obstetras destacados de Europa hablándoles de su descubrimiento
y el método de lavarse las manos con agua con cloro. Pero admitir que Semmelweis tenía razón
implicaba reconocer su propia complicidad en la muerte de un número colosal de mujeres y
de sus hijos recién nacidos. Por ello, la mayoría de cartas fueron ignoradas.
Solo dos enviaron respuesta, y una de ellas era la de Michaelis, quien impuso las medidas higiénicas
propuestas por Semmelweis de manera inmediata en la maternidad de Kiel, de la que era director.
Poco después, cuando comprobó que Semmelweis estaba en lo cierto, cayó en una profunda
depresión al ser consciente de todas las mujeres que habían perecido por culpa de que él no se
había lavado las manos antes de asistirlas en sus partos, incluida una sobrina suya por
la que sentía gran afecto. ¿De qué le habían servido tantas investigaciones y estudios si
había estado matando a sus pacientes por una falta de higiene? El 8 de agosto de 1848, a los 50 años,
Gustav Adolf Michaelis se quitó la vida. En su nota de suicidio escribió que estaba desesperado
por la forma categórica en que la mayoría de los médicos rechazaban la hipótesis de Semmelweis.
Habíamos dejado a Semmelweis de vuelta en Budapest y notablemente abatido. Allí abrió una consulta
privada y se ofreció al Hospital de San Roque para ocupar el puesto no remunerado de obstetra
jefe. La administración del hospital estaba desesperada y no pudo negarse: un tercio de
las mujeres que daban a luz en su centro perecían de fiebre puerperal. Semmelweis trabajó allí desde
1851 hasta 1855, periodo durante el cual logró reducir la mortalidad a un 0,85% sin precedentes
en aquel hospital. Sin embargo, Semmelweis intuía que aquella tasa podía ser inferior: a pesar de su
método de lavado de manos, algo seguía provocando infecciones. Entonces descubrió que, para ahorrar
costes, el hospital empleaba los servicios de la lavandería más barata. Tan barata era, que lo
único que hacía era devolver las ropas y sábanas al día siguiente sin lavarlas siquiera. Semmelweis
pagó de su bolsillo nuevas ropas y sábanas y la tasa de mortalidad entre las parturientas cayó
bruscamente al 0,39%. Un médico que fue testigo de todas aquellas mejoras escribió un artículo
que envió a una revista médica de Viena. Y se lo publicaron, sí, pero con una nota editorial que
advertía a los lectores: “No podemos recomendar a nuestros lectores que confíen ciegamente en la
teoría de la desinfección con cloro”. En la capital del Imperio seguían sin creer en él.
En 1855 Semmelweis recibió el título de profesor de ginecología teórica y práctica en la
Universidad de Pest, donde trabajaría hasta poco antes de morir. Mientras tanto, en el Hospital
General de Viena, su puesto en la maternidad fue ocupado por Karl Braun, un obstetra que, ese mismo
año, publicó un artículo sobre la fiebre puerperal en el que describía treinta causas probables de
la enfermedad; entre ellas, por supuesto, no se encontraba la propuesta por Semmelweis.
A los 39 años, nuestro protagonista de hoy conoció a Maria Weidenhofer, de 19 años e hija
de un próspero comerciante. Tres meses después se casaron. Su primer hijo murió dos días después de
nacer por culpa de la hidrocefalia, es decir, la acumulación de una cantidad excesiva de
líquido cefalorraquídeo en el cerebro. El segundo, una niña, murió en la infancia por
una peritonitis. Sus tres hijos posteriores, un niño y dos niñas, sí alcanzaron la edad adulta.
En 1858, tras casi una década de silencio, Semmelweis pronunció
siete conferencias públicas que más tarde se publicaron como una serie de artículos en la
Revista Médica Húngara. Tomando como base aquel material, publicó en 1861
el libro 'Etiología, esencia y prevención de la fiebre puerperal', del que envió copias a
los principales médicos de Europa. ¿Qué creéis que ocurrió? Que apenas tuvo éxito. Si bien es cierto
que unos pocos médicos, como Johan Pippingsköld, de Finlandia, o el profesor Hugenberg, de Rusia,
le escribieron para darle las gracias y confirmarle que su método había dado
resultado al ponerlo en práctica, a Semmelweis le llovieron críticas negativas de toda Europa.
Uno de los obstetras más destacados del siglo XIX, el francés Paul Dubois, escribió: “Quizás
el método Semmelweis tenga ciertas ventajas, pero si se aplica con toda escrupulosidad,
entonces, por ejemplo, París tendrá que poner en cuarentena a todo el personal del hospital
durante la mayor parte del año, con resultados que serán, en el mejor de los casos, problemáticos”.
A partir de aquella época, la salud mental de Semmelweis comenzó a deteriorarse y sufrió graves
periodos depresivos. Según sus allegados, con frecuencia no era capaz de hablar de nada más que
de la fiebre puerperal. Comenzó a escribir a sus colegas cartas abiertas muy agresivas. Los llamaba
“Nerones de la ciencia” y los acusaba directamente de asesinar pacientes. Por ejemplo, a un doctor
y profesor alemán apellidado Hofrath le escribió estas duras palabras: “Tu enseñanza (...) se basa
en tu ignorancia. Si pretendes seguir convenciendo a tus alumnos y matronas de que la fiebre
puerperal es la enfermedad más común, te declaro públicamente asesino ante Dios y ante el pueblo”.
El sentimiento de culpa que Semmelweis sufría por
los cientos de muertes posiblemente causadas por él agravó su depresión. Llegó a escribir:
“Solo Dios sabe cuántas mujeres con mis propias manos envié a la tumba antes de la hora señalada”.
Su mujer comenzó a sospechar que su marido estaba perdiendo la cordura,
y le pidió a un viejo amigo de la pareja, un médico de familia llamado Janos Bókay, que lo
reconociera. En su informe de evaluación, Bokaj decía: “Se trata de un hombre sano de 47 años,
que siempre estuvo físicamente fuerte y no se quejaba de dolencias de ningún tipo (...). Según
amigos y compañeros, era respetable, bueno, afable y justo, pero con una pasión rayana en
el fanatismo a la hora de defender sus puntos de vista científicos. A aquellos con quienes acababa
de discutir de manera dura y desenfrenada sobre la fiebre del parto, cinco minutos
después podía abrazarlos y besarlos de todo corazón. (...) En las últimas cinco semanas,
sus familiares notaron un cambio brusco en su comportamiento: perdió interés en la familia y el
trabajo, comenzó a beber, a ir con prostitutas, a vestirse descuidadamente y a despilfarrar dinero”.
Como resultado de aquel examen, Semmelweis decidió irse de vacaciones a Grafenberg,
en el sur de Alemania. Sin embargo, pocos días después, el 29 de julio,
el profesor de cirugía Janos Balassa, uno de los médicos húngaros más respetados,
llegó a la conclusión de que Semmelweis debía ser enviado a un hospital para enfermos mentales. El
documento en el que Balassa recomendaba recluirlo en un manicomio fue firmado por tres médicos:
el propio Balassa, Janos Bókay y el médico local Janos Wagner. Ninguno de ellos era
psiquiatra ni psicólogo y ni Balassa ni Wagner examinaron siquiera a Semmelweis.
Con la ayuda de la mujer de Semmelweis, lograron engañarle para que fuera a visitar un manicomio
de mala reputación en Döbling, cerca de Viena. Una vez dentro, al darse cuenta de la trampa,
Semmelweis intentó escapar, pero los guardias lo sujetaron, le golpearon,
le colocaron una camisa de fuerza y lo ataron a una cama en una habitación oscura.
Como tratamiento para su enfermedad mental, le recetaron un laxante y baños de agua fría. Cuando,
dos días después, su mujer acudió a visitarlo, el director en persona le negó la visita.
Dos semanas después, Ignaz Semmelweis había muerto.
Un siglo más tarde, en 1977, el médico y escritor húngaro Georg Sillo-Seidl
descubrió en los Archivos de Viena el informe de la autopsia del cadáver de Semmelweis,
que fue llevada a cabo por von Rokitansky o uno de sus asistentes.
Aquel examen 'post mortem' describía numerosas fracturas, así como lesiones
de tejidos blandos y pleuresía extensa: Semmelweis había sido asesinado a golpes
por el personal del manicomio. La mayoría de los biógrafos coinciden en que, si bien no se
puede asegurar que su esposa estuviera implicada en su muerte, no le apenó demasiado la noticia.
El 15 de agosto de 1865, Semmelweis fue enterrado en el Cementerio Central de Viena. A la ceremonia
de despedida asistieron von Rokitansky y Karl Braun. No había familiares ni colegas de Budapest,
y su esposa, Maria Semmelweis, explicó su ausencia diciendo que “se fue a la cama”
después de la hospitalización de su marido. No tardó en cambiarse el apellido. En 1891,
la viuda trasladó los restos del médico a la cripta familiar y en 1965 la urna fue
enterrada finalmente en el patio de su casa natal, convertida hoy en un museo.
Tras la muerte de Semmelweis se produjo un importante retroceso en el avance de
la asepsia y la desinfección. En Hungría se publicaron informes y estudios sobre la
fiebre puerperal en los que no se mencionaba por ninguna parte a Semmelweis ni su teoría
y que seguían culpando de la fiebre puerperal a las miasmas y a la voluntad de Dios. Los dos
asistentes de Semmelweis en el departamento de obstetricia de la Clínica Maternal de
la Universidad de Pest solicitaron ocupar su puesto, pero ambas candidaturas fueron
rechazadas. Su plaza fue para Janos Discher, quien no compartía las ideas higiénicas de
Semmelweis. Como resultado, la mortalidad en aquella maternidad se multiplicó por seis,
pero ningún médico se atrevió a quejarse, por lo que no se llevó a cabo ninguna investigación.
En la maternidad del hospital de San Roque pusieron al mando a otro médico contrario
a la teoría de Semmelweis, un doctor apellidado Volla. Tras su nombramiento,
el número de casos de fiebre puerperal se disparó.
Tampoco sus antiguos colegas de Viena dieron su brazo a torcer. En 1864, en un estudio
sobre el diseño de las unidades de maternidad hospitalarias, sus autores, Skoda, von Rokitansky
y Johann Ritter von Oppolzer, argumentaron que las epidemias de fiebre puerperal eran causadas
por vapores nocivos –es decir, miasmas– e insistieron en la importancia de mejorar
la ventilación. No mencionaron a Semmelweis y se adhirieron a las opiniones de Karl Braun.
Precisamente Braun, en 1862, tres años antes de la muerte de Semmelweis, aconsejó a su ayudante,
un joven de 25 años llamado Karl Mayrhofer, que estudiara las causas de la fiebre puerperal,
pues consideraba que era un campo todavía por explorar. Mayrhofer le hizo caso y, poco a poco,
llegó a las mismas conclusiones que... Semmelweis. Mayrhofer, con la ayuda de un microscopio nuevo,
más potente que el que había estado disponible hasta entonces en el Hospital General de Viena,
descubrió en los tejidos en descomposición unas pequeñas
partículas –vibrios– que podían causar sepsis cuando eran liberados en la sangre.
En 1865, Mayrhofer publicó su investigación, en la que refutaba
abiertamente las opiniones de su superior directo, Braun, y daba la razón a Semmelweis en que la
fiebre puerperal era causada por patógenos transportados por médicos y estudiantes,
y no por partículas malignas que se movían por el aire, esas genéricas miasmas de las que hablaban
los médicos conservadores, quienes, por supuesto, utilizaron todo su poder para
poner en su sitio a aquel insolente veinteañero. A Mayrhofer no se le permitió publicar más y,
a petición de Braun, no se le renovó su contrato. Psicológicamente destrozado,
abandonó Austria y fracasó en sus intentos de establecerse como médico privado en Georgia,
Rusia y la República Checa, donde finalmente falleció de enfermedad. Tan solo tenía 45 años,
pero, según relató un conocido suyo, en aquel momento había perdido ya todo
interés por la vida y percibía la muerte como una liberación. Son evidentes los motivos por
los que Carl Mayrhofer pasó a la historia con el sobrenombre de “el segundo Semmelweis”.
La comunidad médica no aceptó las ideas de Semmelweis hasta dos décadas después de su muerte,
cuando Louis Pasteur desarrolló la teoría de los gérmenes como causantes de las infecciones. En
1879, Pasteur logró aislar estreptococos a partir de sangre de una paciente con
fiebre puerperal y de un recién nacido con sepsis neonatal. A partir de aquel avance,
se descubrió que los microorganismos que podían producir la fiebre puerperal eran
diversos y con frecuencia se trataba de una infección polimicrobiana. Actualmente,
los médicos ya no hablan de fiebre puerperal, sino que
diagnostican infecciones de órganos o tejidos concretos, como endometritis o peritonitis.
Aunque muchos consideran al cirujano británico Joseph Lister el creador de la asepsia quirúrgica,
este publicó los primeros resultados de su trabajo en 1865, con posterioridad a Semmelweis,
y hasta 1896 consideró más importante la desinfección de heridas y tejidos que la
de los instrumentos y las manos de los médicos. No son pocos los investigadores que sostienen
que Lister conocía el trabajo de Semmelweis e hizo sus descubrimientos bajo la influencia
de este. Sin embargo, las recomendaciones del británico, apoyadas en los hallazgos de Pasteur,
sí fueron escuchadas y aceptadas por la comunidad científica, mientras que las de Semmelweis, cuando
aún estaba con vida, solo encontraron el apoyo de algunos jóvenes doctores abiertos a nuevas ideas.
En 1950, el físico alemán Max Planck, ganador del Premio Nobel,
formuló lo que en sociología del conocimiento científico se conoce como el Principio de Planck,
del cual la historia de Semmelweis es un buen ejemplo. Dice así: “Una nueva verdad
científica no triunfa al convencer a sus oponentes y hacerles ver la luz,
sino porque sus oponentes finalmente mueren y crece una nueva generación que está familiarizada
con ella desde el principio. Otro ejemplo de que el futuro está en la juventud”.
¿Y vosotros? ¿Qué opináis de la historia de Ignaz Semmelweis? Me gustaría que nos lo contarais
abajo, en los comentarios. Y si queréis conocer más historias interesantes, suscribíos a nuestro canal.
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