#HistoriaDeEspaña#SanPedroDeAlcantara#TesorosHundidos En 1786, el San Pedro de Alcántara naufragó junto a Peniche, en Portugal, cuando regresaba del Perú con caudales valorados en unos 7,6 millones de pesos fuertes. Para recuperar aquella fortuna, España organizó una operación de salvamento con buzos que trabajaban a pulmón entre los restos del navío.
En este documental de Estirpe Hispánica seguimos su accidentado viaje desde El Callao, las averías que obligaron a detenerlo en Chile, el paso por el cabo de Hornos y la llegada a la costa portuguesa. Tras el naufragio, mientras los vecinos y las autoridades auxiliaban a los supervivientes, comenzó otro desafío: recuperar las monedas, el cobre y la artillería que habían quedado bajo el agua.
La operación dirigida por Francisco Javier Muñoz permite conocer cómo se coordinaban los buzos con las embarcaciones de superficie, cómo se preparaba el izado de cargas pesadas y por qué conocer el oficio marinero importaba tanto como aguantar la respiración. Cada descenso exigía orientarse entre maderos, reconocer obstáculos y realizar una tarea antes de tener que volver a respirar.
La experiencia de Peniche también llegó a los arsenales de Cádiz, Ferrol y Cartagena. Allí seguimos la creación de las escuelas de buceo aprobadas por Carlos III en 1787, la formación de sus aprendices y las dificultades de preparar especialistas capaces de trabajar bajo los barcos.
CAPÍTULOS
00:00 Naufragios y riquezas bajo el mar 01:15 Las rutas marítimas del Imperio español 04:27 El San Pedro de Alcántara y su cargamento 08:22 Un regreso marcado por averías y retrasos 12:14 El naufragio de Peniche y sus supervivientes 15:21 El tesoro perdido y las primeras recuperaciones 17:18 Francisco Javier Muñoz organiza el rescate 22:06 Cómo trabajaban los buzos a pulmón 25:17 Recuperar cobre, cañones y anclas 31:01 Los resultados del salvamento 33:26 La propuesta de formar nuevos buzos 37:01 Las escuelas de Cádiz, Ferrol y Cartagena 40:27 El aprendizaje y las condiciones del oficio 43:02 La búsqueda de aprendices 46:12 Profundidad, exámenes y ascensos 48:36 Los buzos en las Ordenanzas de la Armada
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¿Qué te sorprende más de estos buzos: su capacidad para trabajar a pulmón o los conocimientos necesarios para recuperar cargas tan pesadas?
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En aguas americanas se han documentado más
de 700 naufragios de barcos españoles.
Al otro lado del continente,
el recuento de los buques empleados durante los dos siglos
y medio del Galeón de Manila incluye 108 embarcaciones,
de las que 26 se hundieron
o desaparecieron.
Son barcos perdidos a lo largo de generaciones,
no una proporción de viajes fracasados.
Muchos habían atravesado el océano repetidamente antes
de encontrar un temporal, un bajo,
o una costa de la que ya no pudieron apartarse.
Con ellos desaparecían personas
y cargamentos que podían representar años de trabajo.
Un solo navío podía transportar caudales valorados
en más de 7 millones de pesos,
además de centenares de toneladas de cobre
y mercancías destinadas a los mercados europeos.
Pero el valor embarcado no siempre
se convertía en una pérdida definitiva.
Cuando el fondo quedaba al alcance de los buzos,
recuperar una parte de aquella riqueza
podía justificar el envío de hombres,
embarcaciones y suministros a una costa distante.
La necesidad de hacerlo había crecido junto
a las rutas que conectaban los territorios
de la monarquía.
Durante buena parte de la carrera de Indias,
los barcos salían de Andalucía y descendían
hacia Canarias antes de atravesar el Atlántico.
Los vientos alisios favorecían la navegación hacia el oeste,
hasta alcanzar las islas del
Caribe. Desde allí se abrían distintos recorridos.
Una de las grandes ramas penetraba en el Golfo de
México y llegaba a Veracruz, puerto de entrada a Nueva España.
Otra enlazaba con tierra firme,
donde Cartagena y Portobelo concentraban mercancías
y metales procedentes de regiones
mucho más alejadas del mar.
Hasta Portobelo llegaban remesas del Perú que habían subido
por el Pacífico y cruzado el Istmo de Panamá.
Un mismo cargamento podía pasar de un barco
a un transporte terrestre
y volver a embarcar en el Caribe antes de emprender la travesía
hacia España. El viaje de regreso seguía otro trazado.
La Habana reunía embarcaciones
que después debían salir hacia el norte,
franquear el paso entre Florida y las Bahamas
y buscar las condiciones que permitían cruzar hacia Europa.
Ese recorrido acercaba los barcos
a estrechos, cayos y a recifes.
Si el viento empujaba una nave contra una costa situada
demasiado cerca, la misma ruta
que había permitido avanzar podía dejar muy poco espacio
para maniobrar. En el Pacífico,
la conexión entre Nueva España y Filipinas también dependía
de utilizar recorridos diferentes para ir y volver.
Desde Acapulco, las embarcaciones
navegaban hacia el oeste por latitudes tropicales,
con las Marianas como posible escala antes
de alcanzar el archipiélago filipino.
El retorno desde Manila exigía ganar latitud. Los barcos
salían al océano, ascendían hacia el Pacífico Norte
y buscaban vientos que los condujeran hacia
América. Después de alcanzar la costa, descendían hasta Acapulco.
No era una línea recta entre dos
puertos. Era un gran arco sobre el océano,
con meses de navegación entre el último punto de
abastecimiento y la siguiente costa útil.
Una avería en mitad de ese recorrido tenía
consecuencias muy distintas de otra sufrida
a la vista de un puerto. Más al sur, el Perú
contaba con su propia salida al mar.
El Callao, junto a Lima, recibía los caudales y productos
que debían embarcarse hacia otros destinos de la monarquía.
Las conexiones cambiaron con el
tiempo. En el siglo XVIII,
los navíos que regresaban desde el Pacífico Sudamericano
hasta Cádiz, podían evitar el traslado
de mercancías a través del Istmo de Panamá y rodear
el extremo meridional del continente.
Para ello debían dejar atrás la costa peruana, navegar
hacia Chile, doblar el Cabo de Hornos y entrar en el Atlántico.
Después quedaba remontar el océano
hasta la península ibérica.
El itinerario unía zonas tropicales, latitudes australes y costas
europeas en una sola travesía.
También exigía que un barco cargado en el Perú conservara durante
meses su capacidad para navegar,
resistir el mar y mantener con vida a quienes llevaba a bordo.
En 1784, uno de los navíos que se preparaban
para realizar ese viaje estaba fondeado en el
Callao. Se llamaba San Pedro de Alcántara
y tenía orden de regresar a España con caudales y
mercancías. La guerra contra Gran Bretaña había terminado
el año anterior. Los buques
enviados a defender el Pacífico ya no tenían
que mantenerse allí en las mismas condiciones
y la corona quería reducir el gasto de sostenerlos lejos de sus bases.
Hacerlos regresar permitía
aprovechar su capacidad de transporte.
Los comerciantes podían embarcar sus remesas
y la Real Hacienda recibir dinero que necesitaba en la península.
Sin embargo, antes de atravesar
dos océanos, había que reparar los navíos
y completar todo lo necesario para el viaje.
El San Pedro de Alcántara era un buque de guerra.
Sus cañones, sus hombres y sus pertrechos ocupaban
un espacio al que ahora se añadía una carga extraordinaria.
El metal no sustituía al agua
ni a los alimentos.
Todo tenía que encontrar sitio dentro del mismo casco. Ya durante los
preparativos, los caudales previstos superaban
los 7 millones de pesos fuertes. Esa cantidad
reunía partidas distintas,
desde plata y oro acuñados hasta metales trabajados, barras
y bienes de particulares.
La mayor parte de los caudales pertenecía al comercio, no al
rey. Había remesas de comerciantes,
equipajes de oficiales y pasajeros, fondos de instituciones
religiosas y dinero destinado a la redención de cautivos.
Todos dependían de que el navío
pudiera entregar lo registrado a su nombre.
Junto a esos valores se cargaron centenares
de toneladas de cobre.
Aunque una porción de cobre valiera mucho menos que otra del mismo
peso en plata, su abundancia lo convertía
en una parte fundamental del transporte. Para el barco,
además, cada partida planteaba un problema físico.
Había que distribuir el peso y sujetarlo para que
no se desplazara con los balances.
Un casco podía tener espacio libre y, aun así, llevar demasiada
carga o llevarla mal repartida.
También se embarcaron productos del Perú y materiales
reunidos por la expedición botánica de Hipólito Ruiz y José Pavón.
Entre los envíos figuraban
muestras de maderas, semillas
y plantas vivas que debían alcanzar España. Las plantas introducían
una necesidad adicional en un viaje ya cargado de obligaciones.
Necesitaban agua. El comandante,
Manuel Fernández Bedoya, se quejó antes de zarpar
de la escasez de recipientes para almacenarla y
del mal estado de parte de los que tenía.
El agua se embarcaba en toneles. Su número,
su capacidad y la posibilidad de conservarla durante
la travesía importaban tanto como la
cantidad recogida en tierra.
Bedoya advertía de que llevaba plantas que había que regar y más
personas a las que alimentar y dar de beber.
Entre ellas estaban los presos enviados a España
después de la rebelión de Tupac Amaru.
Algunos pertenecían a su familia. Su presencia convertía
el navío también en un lugar de cautiverio,
del que no podían marcharse aunque el viaje se
retrasara. Las órdenes apremiaban,
pero las preparaciones no avanzaban al mismo ritmo. Se
habían señalado fechas de salida
que después resultaban imposibles de cumplir. Faltaban
suministros y quedaban trabajos por terminar,
mientras la estación más favorable para dirigirse
al sur iba pasando. Las cartas intercambiadas
por los mandos insistían en el peligro de demorar la
salida hacia Hornos. También dejaban constancia
de una dificultad menos espectacular. Todavía
había que completar la aguada,
recibir recipientes y subir provisiones que permanecían en tierra.
Por fin, en abril de 1784,
el San Pedro de Alcántara salió de El Callao junto al peruano.
Tras meses de preparativos, el regreso había empezado.
La navegación hacia el sur puso pronto
a prueba el estado del navío.
Cuando se encontraba a la altura de las costas situadas al sur de
de Chiloé, las averías obligaron a interrumpir el viaje.
En lugar de continuar hacia Hornos,
tuvo que dirigirse a la zona de Concepción y entrar en Talcahuano.
Allí comenzó la descarga
para poder reparar los daños.
Los caudales necesitaron almacenes y los almacenes vigilancia.
A finales de junio se proporcionaron locales
y gente armada al responsable de la plata,
encargado de custodiarla
mientras el barco permanecía inmovilizado. El desembarco de
los prisioneros provocó otra discusión.
Las autoridades de la frontera chilena temían que
su presencia causara alteraciones
entre las poblaciones indígenas de la región y exigieron
medidas especiales. Durante las reparaciones
se dispuso su traslado a otra embarcación. La carga
podía esperar en un almacén,
pero seguía sin llegar a sus destinatarios. Los comerciantes
recibieron la noticia de las averías
cuando ya habían contado con un regreso que volvía a
aplazarse. Además de reparar,
hubo que averiguar por qué había fallado el navío. Se examinaron
las condiciones en las que había salido y la manera de cargarlo.
El comandante debía responder
por unas decisiones que habían terminado obligando
a descargar en Chile lo que se esperaba recibir en
Cádiz. En medio de esas gestiones, Bedoya enfermó.
Fue trasladado al hospital de Bellavista, cerca de
Lima, donde murió sin que pudiera completarse
la investigación sobre su actuación. El mando pasó
a Manuel de Eguía. El nuevo comandante recibió
un barco necesitado de trabajos y una misión
que continuaba pendiente.
Las reparaciones consumían dinero y cada demora prolongaba
los gastos que la orden de regreso pretendía reducir.
El navío volvió al Perú y realizó
una nueva salida a finales de 1784.
Después regresó a Talcahuano para recoger los caudales
depositados allí. La ruta que debía avanzar
hacia España seguía acumulando desvíos
y esperas dentro del Pacífico.
En los primeros meses de 1785 surgió otro obstáculo. Faltaban
hombres. La enfermedad y las deserciones habían reducido la dotación
y Eguía tuvo que buscar
reemplazos. La documentación
de aquella estancia recoge 45 muertes por viruela. Reponer a los
fallecidos no consistía simplemente en embarcar
el mismo número de personas. Era necesario conseguir
marineros capaces de trabajar con las velas,
las anclas y las maniobras del navío. También hubo
que dejar parte de las mercancías en tierra.
Más de 200 cajas de cascarilla, la corteza del quino
empleada contra las fiebres, quedaron fuera al reorganizar la carga.
El regreso exigía ajustar
lo que se quería transportar a lo que el barco podía llevar.
Cuando el San Pedro consiguió
continuar, dobló el Cabo de Hornos y alcanzó el Atlántico.
En junio de 1785 llegó a Río de
Janeiro, donde se produjo otra larga detención.
No salió de allí hasta noviembre. Había transcurrido
más de un año y medio desde la primera partida de El Callao
y todavía faltaba cruzar el Atlántico
hasta Cádiz. Eguía dirigió finalmente el navío hacia Europa.
El cargamento seguía a bordo, junto
a una dotación y unos pasajeros cuyo viaje
había sido muy distinto del que se había
preparado en el Perú.
A comienzos de febrero de 1786, el San Pedro de Alcántara se encontraba
frente a la costa portuguesa.
Cádiz quedaba hacia el sur, más allá del Cabo de San Vicente
y de la entrada al Golfo.
La noche del 2 al 3 de febrero, el navío chocó contra las
rocas de Papoa, junto a Peniche.
La costa estaba muy cerca, pero no ofrecía una playa
donde poder varar suavemente.
El casco se había encontrado con un saliente rocoso expuesto al
Atlántico. El golpe y la acción del mar destrozaron el buque.
El problema dejó de ser cómo mantener
el rumbo hasta Cádiz. Había que salir de los restos
y alcanzar un lugar donde ponerse a salvo.
La proximidad de tierra permitió que una parte
de quienes iban a bordo sobreviviera. También dejó
a otros entre los maderos y las rocas,
a una distancia de la costa que podía parecer pequeña
y que sin embargo no consiguieron salvar.
El parte publicado en la Gaceta de Madrid
contabilizó 419 personas a bordo.
De ellas, 128 habían muerto y 291 se habían salvado.
Entre estas últimas había numerosos heridos,
incluido el comandante Eguía.
La relación no separaba únicamente vivos y muertos.
Distinguía a quienes habían salido
contusionados de quienes podían considerarse en buen estado,
porque sobrevivir al choque no
significaba estar en condiciones de valerse por sí mismo.
Los habitantes de Peniche acudieron a
socorrerlos. La noticia contemporánea destacó al vicecónsul español
y a su familia entre los
primeros en intervenir, junto al gobernador
y a las autoridades locales. Los náufragos recibieron
ropa y fueron llevados a las casas.
Los vecinos cedieron camas y compartieron sus recursos con
personas que acababan de perder sus pertenencias y,
en muchos casos, a compañeros de viaje.
La ayuda no quedó limitada a quienes habían llegado hasta las rocas.
Desde Lisboa se organizaron
nuevos auxilios, mientras la reina
de Portugal ordenaba atender a los enfermos y suministrar
alimentos y vestidos a los supervivientes.
Cuando se dispusieron alojamientos comunes
para reunir a los hombres y restablecer la disciplina,
algunos vecinos pidieron conservar
en sus casas a los huéspedes que habían acogido.
La hospitalidad portuguesa ocupó
una parte extensa de la noticia que llegó
a publicarse en Madrid. Entre los muertos
figuraban oficiales, marineros, soldados, criados y prisioneros.
Los supervivientes
quedaron repartidos por la población portuguesa,
a la espera de recibir atención y de que
se decidiera su traslado.
El barco, por su parte, había quedado roto en el lugar del
accidente. Bajo el agua permanecían su estructura
y buena parte de lo que había transportado desde
el Perú. Recuperar aquellos bienes no significaba poner
de nuevo el navío a flote. Había que sacar
por separado los materiales del barco y lo que había transportado.
El estado del cargamento
difundido después del desastre valoraba los caudales
en unos 7.600.000 pesos fuertes. A ellos
se añadían los grandes lotes de cobre y las demás mercancías.
Lo perdido no era sólo el dinero
guardado en cajones, sino también materiales
cuyo transporte había ocupado durante meses
aquel buque de guerra. El conde de Fernán Núñez,
embajador español en Lisboa, despachó avisos a
Madrid y a Cádiz en cuanto recibió las primeras noticias.
Todavía no disponía de todos los
detalles, pero no podía esperar a conocer el balance completo.
En Cádiz había comerciantes
que aguardaban aquellas remesas.
Sus pagos y sus nuevas operaciones dependían de un dinero que ya
no llegaría a bordo del San Pedro.
Avisar deprisa permitía que dejaran de actuar como si el navío
estuviera a punto de entrar en puerto.
Al mismo tiempo, las autoridades portuguesas ordenaron
recoger y custodiar los caudales y efectos que pudieran salvarse.
Los auxilios a las personas
y la protección de la carga comenzaron a avanzar por caminos distintos,
aunque compartieran la
misma costa. La primera noticia favorable llegó muy pronto.
Hasta el 5 de febrero se habían sacado
tres cajones de plata, siete talegos de pesos
y algunas monedas sueltas. Eran cantidades pequeñas
frente a lo embarcado, pero tenían una importancia inmediata.
Se podía acceder a una parte del
cargamento. El dinero no había desaparecido
en un punto desconocido del océano. Aquella diferencia
cambiaba las posibilidades del rescate.
En un naufragio sin testigos podía perderse incluso
la certeza del lugar.
En Peniche había supervivientes, una costa identificable y restos
sobre los que ya se estaba trabajando.
La pregunta era cuánto más podría extraerse y qué medios
harían falta para conseguirlo.
La corona y el comercio de Cádiz movilizaron una operación de
mayor alcance. La dirección recayó
en el brigadier Francisco Javier Muñoz, un oficial al que se
encomendó recuperar el tesoro y la carga del navío.
Su tarea no consistía en bajar personalmente
hasta cada cajón. Tenía que reunir a quienes podían hacerlo
y proporcionarles medios para
trabajar de forma continuada.
La extracción dependía de los buzos, pero también de las
embarcaciones de apoyo y de las personas que recibían lo recuperado.
La Armada ya conocía
el oficio. Mucho antes de la pérdida del San Pedro,
había hombres dedicados a reconocer la
parte sumergida de los barcos,
intervenir en averías y ayudar a recuperar anclas. Las ordenanzas
de 1748 recogían sus obligaciones.
Un buzo debía efectuar los reconocimientos necesarios
bajo el agua y prestar los servicios que allí requiriera el navío.
Era un especialista
útil tanto durante una travesía como dentro de un arsenal.
Su intervención podía ser
necesaria cuando el barco todavía flotaba.
Una vía de agua o un objeto perdido bajo
el casco no exigían esperar al regreso.
Alguien tenía que averiguar qué estaba ocurriendo
en una zona inaccesible para el resto de la dotación.
Sin embargo, que existiera aquel
puesto no significaba que abundaran los hombres capaces
de desempeñarlo. Los arsenales disponían
de pocos especialistas. Una petición de los buzos de Cartagena,
fechada dos años antes del naufragio,
estaba presentada por los tres hombres
que desempeñaban allí aquel oficio. Para trabajar
sobre toda la carga del San Pedro, hacía falta reunir una fuerza mayor.
Peniche obligó a buscar
personal más allá de una única base naval.
A lo largo de la operación se incorporaron varias
decenas de buzos, entre ellos hombres procedentes del ámbito civil
y extranjeros. No formaban desde
el comienzo una unidad que hubiera sido preparada
para actuar conjuntamente sobre aquel navío.
También llegaron barcos desde Cádiz.
Una noticia fechada en Lisboa el 18 de febrero daba cuenta de
la llegada a Peniche de dos fragatas, la Asunción y la Colón.
La respuesta estaba trasladando personal
y recursos hacia el punto del accidente.
La geografía que había acercado a los náufragos
a tierra ayudaba ahora a sostener los trabajos.
No era necesario mantener toda la operación a
bordo de una escuadra aislada en alta mar.
Peniche proporcionaba una población próxima y una conexión
con Lisboa. Pero estar junto a tierra no convertía
el lugar en una dársena protegida. Los restos
seguían expuestos a las condiciones del Atlántico
y esas condiciones decidían cuándo podían
acercarse las embarcaciones pequeñas
y cuándo era posible trabajar desde ellas. Un aviso
enviado desde Lisboa el 9 de marzo explicaba
que el mal tiempo había impedido los trabajos
desde el 26 de febrero hasta el 2 de marzo.
Añadía que, cuando se había podido actuar,
se había hecho solamente con un buzo.
Durante aquellos días, los hombres y las embarcaciones
reunidos en la costa apenas habían podido avanzar.
Las órdenes llegaban desde Cádiz y Madrid, pero
el mar podía mantenerlas sin ejecutar.
Reunir a los hombres era sólo una parte del problema. Si la
embarcación de apoyo no podía mantenerse sobre el lugar de trabajo,
tener más buzos en tierra no
permitía avanzar. El navío tampoco se había depositado
en el fondo como una bodega intacta
y ordenada. El choque había roto el casco
y la carga se mezclaba con sus partes. Para recuperar
un objeto había que distinguirlo entre los restos
y encontrar la manera de alcanzarlo. Allí donde
una pieza de artillería quedaba cubierta por maderos,
primero había que abrirse paso. Donde
se había roto un envase,
la tarea consistía en reunir su contenido disperso. La posición de cada
cosa imponía un trabajo distinto.
La operación quedó representada en un grabado de la época
que permite seguir ambos niveles a la vez.
Arriba aparecen las embarcaciones con sus
hombres. Debajo, los restos del navío
y los buzos ocupados entre la madera, las anclas
y las piezas de artillería.
No se ve una sola máquina encargada de levantar el barco
entero. Se ven trabajos repartidos sobre materiales concretos,
conectados con la superficie mediante
cabos y útiles largos.
Para Muñoz, conocer la posición general del San Pedro era apenas el
comienzo. Había que convertir aquella masa
de restos en una sucesión de tareas que pudieran
realizarse bajo el agua. Los hombres
que realizaban aquellos trabajos se sumergían a pulmón. Una vez
bajo el agua, disponían del aire que llevaban consigo
y tenían que regresar a la superficie
antes de agotarlo. El descenso consumía una parte de ese margen.
Orientarse entre los restos
consumía otra. Si era necesario buscar una abertura
o cambiar de posición para llegar hasta
la carga, la tarea podía quedar interrumpida antes
de tocar el objeto. Había que subir y
preparar un nuevo intento.
Los restos estaban al alcance de estos especialistas, pero la cercanía
de la costa no eliminaba la profundidad.
Llegar al fondo y permanecer allí trabajando exigía
bastante más que nadar sobre el lugar del accidente.
El descenso añadía presión sobre el
cuerpo. La temperatura del agua,
el movimiento del mar y el esfuerzo de manejar objetos reducían
además el trabajo que una persona podía sostener.
No todos los hombres tenían la misma capacidad,
ni una misma persona podía rendir siempre igual.
Para ayudar en las tareas se utilizaban medios
que conectaban el fondo con las embarcaciones.
El grabado muestra útiles largos, descritos como
lanzas sostenidos por hombres de superficie.
Los buzos se servían de ellos al bajar y al
intervenir sobre las piezas de cobre.
La ayuda de arriba continuaba cuando el hombre desaparecía
bajo el agua. Alguien debía sostener el útil o manejar el cabo
y estar preparado para recibir
el resultado del trabajo.
La inmersión era individual, la extracción no. Los cabos eran
parte esencial de aquel equipo.
Podían establecer una conexión con un objeto que la gente de
superficie no tenía a su alcance.
Pero una cuerda lanzada al agua no quedaba por sí sola bien
dispuesta alrededor de una pieza pesada.
Hacía falta alguien que viera cómo estaba colocada,
reconociera qué partes podían sujetarse y trabajara junto a ella.
Si el objeto se encontraba
bajo una viga o en una posición incómoda,
el buzo tenía que resolverlo antes de que los demás
pudieran aprovechar su fuerza.
Las monedas planteaban otra dificultad. Cuando se abría
un talego o se rompía un cajón,
una remesa que antes podía moverse como un solo bulto
se convertía en multitud de piezas pequeñas.
Cada moneda seguía teniendo valor, pero ya
no bastaba con localizar el envase.
Era necesario reunirlas entre los restos y hacerlas llegar
a la superficie sin volver a perderlas durante el traslado.
Una parte de la representación
del salvamento muestra precisamente a un buzo recogiendo monedas.
La tarea contrasta con
las grandes maniobras de izado.
Requería acercarse al fondo y dedicar tiempo a objetos que cabían en
una mano. La cantidad reunida en una bajada podía ser modesta.
Sin embargo, repetir ese trabajo sobre
una zona accesible permitía recuperar valores que,
sumados, justificaban el esfuerzo. La fortuna
embarcada en Lima empezaba a regresar mediante operaciones
de una escala mucho menor. El cobre
no podía tratarse del mismo modo.
Sus piezas eran mucho más pesadas y no podían recogerse
como un puñado de monedas.
Para moverlas, había que disponer un medio que permitiera
levantarlas sin confiar todo el peso al nadador.
El grabado muestra buzos trabajando sobre
esos bloques, llamados también galápagos.
Se trataba de piezas que podían pesar varias
decenas de kilos. El agua reducía su peso aparente,
pero seguían siendo demasiado pesadas
para que un hombre las transportara a nado con libertad.
Los útiles sostenidos desde arriba
permitían actuar sobre la carga
mientras los hombres de las embarcaciones participaban en
su recuperación. Su longitud mantenía una conexión con el fondo
y el buzo podía dirigir el esfuerzo
hacia una pieza que el ayudante no alcanzaba a manejar por sí solo.
Con un cañón esa separación
resultaba todavía más clara.
Una pieza de artillería estaba fabricada para resistir cargas
violentas y tenía una masa muy superior
a la que un hombre podía llevar consigo al ascender.
El trabajo submarino consistía en hacer posible su izado.
Antes de tirar, había que sujetarla,
lo que los textos navales describen como embragar,
disponer alrededor de la pieza un cabo o una
sujeción capaz de transmitir el esfuerzo.
No servía a cualquier posición. Una amarra mal
dispuesta podía deslizarse cuando el cañón empezara a moverse,
y una pieza que parecía
libre, podía continuar retenida por madera, piedras u otros restos.
Reconocer esas dificultades
exigía más que fuerza.
El buzo debía comprender cómo iba a comportarse el objeto cuando los
hombres de arriba empezaran a cargar sobre el cabo.
Su intervención preparaba una maniobra
que después quedaba en otras manos.
Para multiplicar el esfuerzo podían utilizarse
aparejos, conjuntos de poleas
y cuerdas semejantes a los empleados en las faenas marineras. Permitían
mover un peso grande repartiendo la tensión
entre varios tramos de cabo. La ventaja tenía
un coste. Era necesario recoger más longitud
de cuerda para elevar la carga a una distancia
menor. La maniobra ganaba fuerza, no rapidez,
y seguía necesitando soportes y sujeciones
capaces de resistirla.
Al tirar desde arriba, el peso dejaba de descansar en el fondo y
pasaba a cargar sobre el conjunto del aparejo
y de la embarcación de apoyo. Por eso el
trabajo no terminaba cuando el cañón comenzaba a subir.
Había que recibirlo y llevarlo a un lugar
seguro. Acercar una masa de metal a una lancha afectaba
al equilibrio de ésta y exigía coordinar
a quienes la gobernaban con quienes manejaban los cabos.
Una orden precipitada podía echar a perder
el trabajo realizado abajo.
También podía aumentar el peligro para el hombre que seguía junto a la
pieza. La experiencia marinera intervenía
desde la preparación de la sujeción hasta el momento de
dejar la carga fuera del agua.
Las anclas añadían sus propias formas y obstáculos. El grabado las
muestra entre los objetos recuperados, junto a los cañones.
No bastaba con saber que eran
valiosas. Había que reconocer cómo estaban apoyadas
y por dónde podían sacarse. Mover
una pieza también podía abrir acceso a otra.
En un barco roto, la artillería, la madera y las
mercancías no permanecían separadas según su función original.
Retirar un obstáculo podía
permitir llegar a una zona que antes estaba cubierta.
La operación requería, por tanto,
ir conociendo los restos conforme se trabajaba.
No todos los descensos tenían que terminar con
algo a bordo de una lancha para resultar útiles.
Averiguar qué impedía una extracción permitía
preparar mejor el siguiente intento.
Al regresar a la superficie, el buzo debía explicar qué había
encontrado. La posición de una viga,
el lugar por donde pasaba el cabo y el obstáculo que retenía
la carga tenían que quedar claros para quienes prepararían
la siguiente maniobra. Los inventores
llevaban mucho tiempo buscando formas de prolongar
la permanencia bajo el agua. Entre las soluciones
anteriores a Peniche estaban las campanas de buceo,
recipientes abiertos por abajo que retenían aire
al introducirse en el mar.
A medida que descendían, el agua comprimía aquel aire.
La campana ofrecía
un espacio respirable, pero exigía su propio sistema para bajarla,
sostenerla y mantenerla
en condiciones de uso.
No convertía cualquier fondo en un lugar donde trabajar sin límites.
En Peniche, el trabajo que muestra el grabado
se apoya en buzos a pulmón y ayudantes de
superficie. Las embarcaciones llevan medios para extraer cargas,
pero los hombres sumergidos
siguen teniendo que interrumpir la tarea para respirar.
Muñoz tenía que sostener esa sucesión
de descensos, movimientos de carga y traslados a tierra.
Cada avance dejaba un trabajo nuevo
para los hombres que recibían
y custodiaban los efectos rescatados. Un buen día de mar
podía permitir avanzar en varios puntos.
Una interrupción obligaba a mantener personas
y medios sin obtener el mismo resultado.
Los gastos continuaban aunque el cargamento siguiera
en el fondo. La dificultad aumentaba
cuando lo más accesible ya había sido retirado.
Las piezas visibles
y libres podían salir antes que otras ocultas o atrapadas.
La última parte de una carga no tenía
por qué recuperarse al mismo ritmo que la primera.
Aún con esas limitaciones,
durante la primavera se acumularon resultados importantes.
Las noticias dejaron de referirse únicamente
a los primeros cajones y talegos
y pasaron a anunciar grandes cantidades de metal extraído.
Los balances difundidos sobre el salvamento atribuyeron a los trabajos
la recuperación de más de 7 millones de pesos en oro y plata,
además de miles de
barras de cobre. Una relación situó incluso
la extracción de la quilla del navío a mediados
de junio. La quilla era la gran pieza longitudinal
sobre la que se organizaba la estructura del
casco. Que se informara de su recuperación muestra
hasta qué punto el trabajo había
alcanzado al propio cuerpo del barco,
y no solo a los objetos dispersos alrededor. Las
noticias más favorables hablaban
de una carga casi enteramente recuperada. Eran balances del
progreso alcanzado, no una garantía de que ya
no quedara nada por hacer. Los trabajos sobre restos
difíciles y la gestión de lo extraído podían continuar después
de los primeros grandes resultados.
En tierra se abría otra fase.
Las monedas y los metales tenían que reunirse, custodiarse y
enviarse a sus destinatarios.
Subirlos a una embarcación no resolvía su entrega a quienes
habían registrado las remesas.
Las órdenes de pago conservadas para el San Pedro muestran que
la plata recuperada viajó en distintas partidas.
Después se repartió entre los consignatarios
mediante prorrateos, es decir,
distribuciones proporcionales de lo recibido según los derechos
correspondientes.
Era una forma de convertir el metal rescatado en pagos.
Los destinatarios no
tenían que esperar a que saliera la última pieza
para que toda la operación empezara a producir
efectos fuera de Peniche.
La carga que había quedado inmovilizada durante las reparaciones
del viaje podía volver a circular,
ahora por un camino distinto del previsto. Había salido del
Perú dentro de un navío de guerra
y regresaba del fondo mediante el trabajo combinado de buzos,
marineros y responsables de su custodia.
Muñoz había dirigido una extracción de grandes
proporciones. También había podido observar diferencias
entre los hombres que trabajaban
para él. Algunos resolvían las tareas
con más utilidad que otros, aunque no fueran
quienes permanecían más tiempo sumergidos.
La experiencia de Peniche llegó a la dirección
de la Armada mientras se organizaba la continuación de los trabajos.
El 21 de noviembre de 1786
se comunicó el deseo del rey de aumentar
el número de buzos disponibles y formar jóvenes
bajo la enseñanza de los que ya servían en los arsenales.
La orden pedía aprovechar
los informes de Muñoz, que regresaba a Cádiz.
Allí, el capitán general de la Armada, Luis
de Córdoba, debía consultar al hombre que acababa
de enfrentarse al problema a una escala
excepcional. Muñoz entregó su informe el 26 de diciembre.
No describió el oficio como
una cualidad misteriosa que poseyeran unos pocos hombres,
sino como una práctica que
se adquiría trabajando y repitiendo las tareas.
Su observación principal procedía de los
resultados del salvamento.
Escribió que no habían sido los hombres de más resuello quienes habían
trabajado con mayor utilidad, sino los de mayor conocimiento.
Esa diferencia explicaba qué debía
enseñarse. La armada necesitaba que el buzo entendiera
el interior de un barco y conociera
las faenas de los marineros y de los oficiales de mar.
La capacidad de sumergirse tenía que ir
acompañada de un oficio naval.
Muñoz propuso formar 40 muchachos en cada departamento naval.
Debían tener entre 14 y 18 años, recibir cuatro reales diarios
y ración de la armada y aprender de forma continuada.
La propuesta reservaba dinero para mantener a los muchachos
mientras todavía no podían ocupar una plaza de buzo.
El departamento asumiría ese gasto durante el aprendizaje,
en lugar de esperar a encontrar un profesional ya formado
cuando surgiera una urgencia.
Los alumnos no debían limitarse a bajar al agua.
La propuesta incluía el manejo de los aparejos,
la preparación de los buques y las tareas necesarias
para conservarlos en servicio.
Muñoz quería buzos que también fueran aparejadores. El aparejador
conocía los elementos necesarios para preparar
y manejar el aparejo del barco, desde las cuerdas
hasta los medios de maniobra.
En Peniche, esos conocimientos habían servido para transmitir
el esfuerzo de los hombres de superficie hasta una carga hundida.
Además, esos hombres podían
resultar útiles en el arsenal entre una inmersión y la siguiente.
La necesidad de un buzo no aparecía
sólo cuando se hundía un cargamento,
también cuando había que reconocer el casco de un navío,
ayudar en su reparación o resolver un problema bajo
el agua dentro del puerto. El proyecto buscaba
asegurar una disponibilidad que hasta entonces era muy pequeña.
Si un especialista estaba enfermo,
se encontraba embarcado o debía acudir a otro lugar,
no era fácil reemplazarlo con cualquiera
de los marineros presentes.
Formar aprendices de manera estable permitiría preparar ese relevo
antes de la siguiente urgencia,
pero la propuesta tenía que pasar por quienes decidían cuántas
plazas y cuánto dinero podían asignarse.
El 6 de febrero de 1787, Córdoba remitió sus
observaciones al secretario de Marina.
Consideraba excesivo el número de 40 alumnos por departamento
y discutía también la remuneración prevista.
La enseñanza no fue rechazada, pero su dimensión
se redujo. En lugar de los 120 muchachos propuestos
entre los tres departamentos,
se autorizó mantener 30, 10 en cada uno.
El 20 de febrero de 1787, Carlos III aprobó la
disposición que establecía aquellas escuelas de buceo.
Debían funcionar en los departamentos de
Cádiz, Ferrol y Cartagena.
Eran las primeras escuelas de buceo de las que se tiene constancia
en el mundo. Su ubicación las unía a las bases donde ya se construían,
reparaban y equipaban
los barcos. Ferrol atendía la costa noroccidental y su arsenal.
Cádiz, la gran base atlántica del
sur. Cartagena, el ámbito mediterráneo.
No se trataba de reunir a todos los alumnos en un
único establecimiento apartado de las faenas navales.
Cada departamento debía sostener su
propia enseñanza junto a los trabajos que necesitaban buzos.
El documento ordenaba formar
diez muchachos continuamente.
Esa última condición evitaba que la escuela quedara
reducida a una única tanda.
Cuando los alumnos estuvieran preparados y fueran destinados
al servicio, había que seguir formando a otros.
Entraban con la plaza de grumete, dentro
de las categorías de la marinería.
Podían ascender hasta artillero de preferencia, conforme
adquirieran la preparación exigida.
Aquellos nombres pertenecían a las categorías de
la marinería. Ascender a artillero de preferencia
no significaba abandonar el buceo para empezar
otra especialidad. Era la categoría
que podía alcanzar dentro del servicio mientras progresaba
en su preparación. Se le concedían dos escudos
de ventaja sobre su sueldo hasta obtener la plaza
de buzo. Era una remuneración adicional destinada
a sostener una preparación que exigía aptitudes y
un trabajo particular.
La enseñanza quedaba a cargo del primer buzo de cada arsenal. La
responsabilidad recaía así en un profesional
que ya desempeñaba las tareas submarinas,
no únicamente en un oficial encargado
de transmitir instrucciones desde tierra. Al
instructor se le asignaba un complemento mensual
de cinco escudos sobre su sueldo. También podía
recibir otros cinco por cada alumno que presentara ya instruido.
Aquella segunda cantidad vinculaba
la recompensa a un resultado, entregar un hombre capaz de servir.
No bastaba con que el aprendiz
llevara un tiempo inscrito o hubiera participado en las prácticas.
La preparación debía comprobarse
ante el comandante del arsenal y el subinspector.
El instructor enseñaba, pero la aceptación del
alumno para el servicio pasaba por una evaluación fuera
de su propio juicio. De ese modo, la
disposición repartía obligaciones.
El departamento debía proporcionar alumnos y mantener las plazas.
El primer buzo tenía que enseñar.
Los responsables del arsenal debían verificar que el aprendizaje
permitía realizar el trabajo.
Cuando los hombres no estuvieran embarcados, podían emplearse en las
faenas de aparejos, mantenimiento y servicios que se les encomendaran.
La enseñanza práctica seguía
conectada con barcos reales y con necesidades que surgían a diario.
La orden había fijado quién
debía aprender, quién debía enseñar y cómo se remuneraría a ambos.
Quedaba llevar esas decisiones
al agua y conseguir que los aprendices alcanzaran
la capacidad necesaria para ser destinados a un
navío. La formación inicial seguía siendo a pulmón.
Los departamentos no recibieron con la orden un
aparato respiratorio que permitiera
al aprendiz quedarse trabajando indefinidamente en el fondo.
Su progreso dependía de la práctica en el agua
y del conocimiento de las faenas navales. La parte
de aparejos exigía aprender a reconocer las cuerdas,
disponer sujeciones y comprender por
dónde se transmitía un esfuerzo.
Una vez sumergido, el hombre tendría que aplicar esas operaciones
junto a un objeto que quizás sólo pudiera
examinar durante poco tiempo. También debía
familiarizarse con el interior del navío.
Saber dónde se encontraba una pieza y qué otras la
rodeaban permitía comunicar una avería
sin limitarse a decir que había algo roto bajo el
agua. El primer buzo del arsenal enseñaba
un oficio que después iba a ejercerse lejos de él,
bajo las órdenes de otros mandos.
El entorno de la escuela proporcionaba contacto con ese trabajo.
En los arsenales se preparaban aparejos,
se recorrían los barcos para reconocer su estado
y se atendían reparaciones.
Muñoz había incluido esas faenas entre los cometidos de sus buzos
aparejadores, también cuando no estuvieran embarcados.
Las condiciones del servicio entraban
igualmente en las peticiones de los profesionales.
En agosto de 1787, los dos buzos del arsenal de
Cádiz solicitaron recibir en dinero la ración que les correspondía,
en lugar de consumir los
alimentos suministrados por la Armada.
Alegaban que aquella alimentación perjudicaba su salud
y su capacidad para retener la respiración.
Pedían poder elegir lo que comían, presentándolo
como una necesidad relacionada con su trabajo.
Los buzos de Cartagena habían obtenido una
autorización semejante antes del naufragio.
Aquellas solicitudes se apoyaban además en
su consideración de oficiales de mar,
una categoría profesional que les daba derecho
a pedir el abono de la ración.
El salario y sus complementos eran, por tanto, sólo una parte de
las condiciones bajo las que se prestaba el servicio.
Los propios especialistas intervenían
para modificar la manera en que recibían su manutención,
mientras la armada trataba de
reunir nuevos aprendices.
Mantener 10 plazas de escuela no equivalía a disponer siempre de 10
buzos listos para embarcar.
Algunos muchachos estarían empezando, otros avanzarían hacia su
examen y quienes salieran destinados debían dejar sitio
a un nuevo alumno. La diferencia
empezó a hacerse visible cuando Marina pidió resultados.
El 27 de mayo de 1789 se ordenó que
las escuelas comunicaran al comienzo de cada año sus progresos
y el número de alumnos. En junio se
solicitó información más concreta a los departamentos.
El cuestionario preguntaba cómo
habían conseguido a los muchachos,
si habían publicado bandos, admitido hijos de hombres
inscritos para el servicio de mar o recurrido a voluntarios.
También se exigía explicar qué
enseñanza recibían
y si habían aprendido las labores de marinería previstas. La respuesta
debía permitir distinguir una lista de nombres
de un grupo que realmente estuviera adquiriendo
el oficio. Las preguntas continuaban por sus ascensos y sus exámenes.
También se pedía que
se indicara cuántos buzos habían proporcionado ya a los barcos
y si los alumnos destinados habían
sido reemplazados por otros.
La dirección de la Armada estaba intentando comprobar el recorrido
completo de una plaza.
El dinero se había autorizado para que un joven ingresara, aprendiera,
demostrara su aptitud y pasara al servicio,
dejando sitio a un nuevo aprendiz. Había otra
pregunta significativa.
Si existían candidatos esperando su turno para entrar. Las respuestas
de los departamentos no mostraron una abundancia
de aspirantes preparados. En Cádiz sólo había
seis jóvenes aprendices.
Faltaban cuatro para completar las plazas aprobadas más de dos años
antes. Las autoridades buscaron voluntarios que supieran nadar,
fueran robustos y contaran con
la aprobación de sus padres.
Se recurrió a los responsables de las provincias marítimas para
localizarlos, en vez de confiar en que bastaría
con abrir la inscripción. La exigencia de saber
nadar reducía el número de candidatos.
Trabajar en el mar no llevaba consigo, por sí solo, el
dominio de la natación
y mucho menos la capacidad para desenvolverse bajo la superficie. Los
responsables de las provincias marítimas tenían
que encontrar muchachos dispuestos a prestar aquel
servicio y con unas capacidades de partida
que no se exigían de la misma manera al resto de la
marinería. Destinar a alguien a la escuela
no le daba automáticamente la preparación necesaria
para entrar en el agua.
La búsqueda también dependía de que aceptaran aquel servicio. El
pago adicional no anulaba la dureza
del trabajo ni convertía automáticamente la especialidad en
una elección atractiva para todas las familias.
Mientras se recibían esas respuestas, la operación
de Peniche seguía dejando trabajo pendiente.
En agosto de 1789 todavía había una casa ocupada
por los responsables de culminar los trabajos vinculados
al salvamento. La recuperación de
grandes cantidades durante los primeros meses
no había hecho desaparecer de golpe todas las tareas.
Quedaban actuaciones sobre los restos
y una administración de lo rescatado que produjo
documentación hasta 1790.
En los arsenales, los estados de alumnos empezaban a mostrar
resultados medibles.
Un informe de Ferrol de enero de 1790 permite observar cómo avanzaba
un grupo de 10 aprendices.
Tres, que habían alcanzado la categoría de artilleros ordinarios,
descendían nueve brazas. Otros cuatro, marineros, llegaban a siete.
De los tres grumetes restantes,
dos alcanzaban cuatro brazas y el último, tres.
La braza era una medida de longitud empleada en
la mar. En ese estado, las capacidades recogidas
se movían aproximadamente entre los 5 y los 15
metros de profundidad.
Los diez alumnos no eran, por tanto, intercambiables. Había una
diferencia considerable entre lo que podía hacer
el más avanzado y lo que alcanzaba
quien todavía descendía unas pocas brazas.
Para asignar un trabajo importaba conocer
esas diferencias. Quien descendía tres brazas
podía alcanzar puntos que quedaban cerca
de la superficie, pero no tenía acreditada
la capacidad de llegar a un objeto situado
a 9. La graduación establecida
para estos hombres vinculó los ascensos a profundidades
crecientes. El nivel de grumete se asociaba a 5 brazas,
el de marinero a 7, el de artillero
ordinario a 9. Para llegar a artillero
de preferencia se contemplaban 12 brazas, en
torno a 20 metros. Era una exigencia superior
a las marcas recogidas para aquel grupo de
ferrol. El estado de ferrol registraba a hombres concretos
y lo que habían alcanzado. La
clasificación fijaba las capacidades exigidas para progresar.
Las doce brazas del nivel superior no
describían el trabajo de todos los alumnos,
sino una meta a la que aquel grupo todavía no había
llegado. La responsabilidad del instructor consistía
en preparar para ese servicio. También debía
presentar hombres cuya capacidad pudiera ser comprobada,
porque el destino de un buzo lo
alejaba después de la vigilancia directa de su maestro.
A bordo de otro navío, el comandante
necesitaría confiar en su reconocimiento de una avería.
Los marineros que manejaran un cabo
dependerían de la sujeción realizada bajo el agua.
La prueba de aptitud tenía consecuencias fuera de
la escuela. La formación quedó incorporada
a las ordenanzas generales de la Armada de 1793. El
oficio, que antes había recibido
una atención normativa mucho más breve, pasó a ocupar una
serie de artículos que incluían a los buzos y a sus escuelas.
Las mismas ordenanzas reconocían a
los buzos como oficiales de mar, junto a otros especialistas del barco.
Debían recibir el trato
correspondiente a esa categoría,
aunque sin mando sobre las tripulaciones. Su consideración procedía
del oficio que desempeñaban, no de tener hombres a sus órdenes.
Completar las plazas seguía
siendo difícil, pero la enseñanza ya tenía un responsable,
un pago y una comprobación
antes del destino.
En los arsenales de Cádiz, Ferrol y Cartagena, el buzo veterano debía
ocuparse también de formar al hombre que pudiera relevarlo.