
Villegas El arco conjuradero y la iglesia de santa Eugenia Arquitectural religiosa en 4K
En la comarca de Odra-Pisuerga de la provincia de Burgos, Villegas y Villamorón, a través de sus asociaciones culturales de “Puentipiedra” y “Amigos de Villamorón” realizan un gran trabajo para preservar, cuidar y difundir su patrimonio, costumbres y amor a su tierra.
Villegas, que actualmente no llega al centenar de habitantes, nace a mediados del siglo IX durante la Reconquista y Repoblación, tras fundar el Conde Diego Rodríguez Villadiego y conquistar Amaya el Conde Rodrigo. Los foramontanos, comenzaron a cruzar los montes cántabros estableciéndose en aldeas y un grupo dirigido por Egas y Mauronta llegó a Villadiego. El conde les asignó unos terrenos a orillas del rio Brullés, naciendo Villegas, Villa de Egas, y Villamorón, Villa de Mauronta. Estas villas formaron parte del alfoz de Villadiego hasta 1066, pasando luego al alfoz de Hormaza hasta 1237, incluyendose en la Merindad de Castrojeriz. Villegas se unió con Villamorón hacia el 1580, formando una única villa con dos barrios, perdiéndose el señorío al ser declarada villa de realengo en 1752.
Cerca de su la plaza mayor encontramos el Arco Conjuradero, precediendo la fachada principal de su templo fortaleza, la Iglesia de Santa Eugenia. Esta emblemática obra patrimonial era utilizada por el sacerdote en rituales y conjuros.
En pórticos de iglesias, o en sus proximidades se colocaban templetes como el de Villegas o el de Poza de la Sal, en la Bureba, donde un sacerdote realizaba sus conjuras para impedir o alejar las inclemencias meteorológicas que dañaran las cosechas, principalmente las tormentas de granizo que arruinaban la economía familiar, ya que antiguamente, el campesino sólo podía encomendarse a Dios o a los santos, como Santa Bárbara.
Del siglo XVI al XIX, el que conjuraba las tormentas era sacerdote, acompañado por el campanero, realizando los conjuros con su estola, agua bendita, velas, oraciones, cruces u otros objetos religiosos, mientras el campanero tañía las campanas con fuerza y desordenadamente. Aunque no siempre era éste el que los realizaba, sino algún vecino o vecina que no consideraba efectivo al sacerdote. Su interior conserva el libro de conjuros de Ximénez, del siglo XVIII, y diferentes objetos para poder realizarlos.
En una pequeña elevación, en el centro del pueblo, está la iglesia de Santa Eugenia declarara Bien de Interés Cultural en 1991, con categoría de monumento. La intervención realizada por la Junta de Castilla y León, hace poco tiempo, para recuperar la estanqueidad de todas las cubiertas y la configuración de sus aleros y cornisas, nos permite contemplar en todo su esplendor esta iglesia de estilo románico tardío, pero rehecha en tiempos del gótico con forma de fortaleza defensiva con almenas, matacán y una poderosa torre de traza renacentista.
Tiene dos portadas, la orientada al sur románica; y la orientada al oeste, con arquivoltas ojivales, cobijada por una gran hornacina, y una robusta torre a los pies del templo, rematando la fachada occidental, en la que se halla esa portada de formas góticas.
Su carácter defensivo se muestra por el perfil almenado, que aparece en el ábside poligonal, y un matacán, en su fachada meridional, sobre un ventanal gótico y la portada románica. La torre estuvo antiguamente flanqueada por dos torretas almenadas.
En esta fachada orientada al sur sobresale del ábside una pequeña espadaña y ventanas ojivales en cada cuerpo de la nave lateral. En la fachada septentrional uno de los cuatro ventanales, el del segundo cuerpo, está cegado.
Es un templo gótico de tres naves, la central más alta y ancha que las laterales, con ábside poligonal en la capilla mayor flanqueada por dos sacristías, y todos los cuerpos cubiertos con bóvedas de crucería, con sólidos pilares que sostienen los arcos apuntados que separan la nave central de las laterales. El coro isabelino del siglo XVI, dentro del espacio interior de la torre, está ornamentado con bolas y tracerías curvilíneas, con barandilla imitando los dibujos de las bóvedas, accediéndose por una escalinata lateral bajo la que está la pila bautismal románica. El púlpito de piedra es de finales del siglo XV o principios del XVI.
Los ventanales son de traza gótica, con arco apuntado, vanos amplios y sencilla tracería.
El Cristo de los Angelitos es una pequeña talla del siglo XIV, de la escuela castellana, con un Cristo crucificado con cuatro clavos y pies paralelos, ayudado en el descendimiento por José de Arimatea y otras figuras más pequeñas de san Juan, la Virgen María y Dios Padre Majestad.
Los maestros canteros y retablistas que trabajaron aquí, junto con los antepasados foramontanos trajeron sus apellidos, sus costumbres y amor a la tierra, se refleja en sus descendientes en la actualidad por su amor al patrimonio heredado. Prueba de ello es la recuperación y restauración de los sencillos y peculiares palomares, integrados en el caserío para la cría de pichones, con unas manifestaciones artísticas que revitalizan su existencia.
