En la Argentina actual, gran parte de la izquierda política vive atrapada en una fantasía que la desconecta de la realidad. Ve dictadura donde hay instituciones democráticas funcionando. Habla de represión cada vez que se aplica el mínimo de orden público. Venera a figuras que, lejos de representar ideales de libertad o justicia, estuvieron asociadas a la violencia, el autoritarismo y la intolerancia.

Uno de los ejemplos más marcados de esta distorsión ideológica es la reivindicación sistemática de los Montoneros, una organización armada que, en nombre de una revolución socialista, cometió secuestros, asesinatos y atentados contra civiles, militares, políticos y empresarios durante los años 70. Los mismos que mataban en democracia. Hoy, muchos de sus líderes o herederos ideológicos ocupan cargos públicos o son presentados como “víctimas” del sistema. Pero ¿quién habla de sus víctimas?

La hipocresía no termina ahí. La izquierda nacional exalta al Che Guevara como símbolo de rebeldía y justicia social, pero omite que, en Cuba, fue uno de los impulsores de los fusilamientos masivos sin juicio y que perseguía, encarcelaba y torturaba a homosexuales por considerarlos “aberraciones pequeñoburguesas”. ¿Dónde queda el discurso de inclusión y diversidad que dicen defender?

Tampoco es menor la contradicción de venerar a Juan Domingo Perón, mientras defienden a agrupaciones como La Cámpora, cuando fue el propio Perón quien expulsó a los Montoneros de la Plaza en 1974, acusándolos de querer imponer una revolución armada en un país que lo había elegido democráticamente. Es decir, combatía a quienes hoy algunos peronistas intentan presentar como mártires del pueblo.

Y si hablamos de pueblo, debemos hablar del asistencialismo como herramienta de control político. En nombre de la inclusión social, se ha instalado un sistema clientelar en el que la pobreza se administra y se perpetúa, no se combate, a cambio de votos. Planes sociales condicionados, punteros barriales que actúan como intermediarios del Estado y un ejército de personas atrapadas en la dependencia, con miedo a perder el único ingreso que reciben. ¿Eso es justicia social? No. Es esclavitud moderna con bandera progresista.

La Argentina necesita debates reales, no relatos. Necesita justicia, no revanchismo ideológico. Orden, no represión. Y sobre todo, necesita dejar de romantizar un pasado lleno de errores para construir un futuro con verdad completa, sin dobles discursos.

La izquierda argentina tiene todo el derecho a participar en la democracia, pero también tiene la obligación de abandonar las fantasías que justifican la violencia, niegan las instituciones y manipulan a los sectores más vulnerables en nombre del pueblo.

Porque si algo nos enseñó la historia, es que el fanatismo, venga de donde venga, nunca construye. Solo destruye.